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Mientras el
presidente argentino se colocaba unos raros anteojos para manejar un dron, en
una de esas inverosímiles presentaciones de obras viejas a las que nos tiene
acostumbrados; y mientras después de eso realizaba algunas declaraciones
tratando de tragar, como aceite de ricino, su falla de apreciación sobre el ganador
de las elecciones en EEUU; la inflación retomaba, sin poder ocultarse en las
fantasías de Prat Gay o Sturzenegger, su ritmo galopante hacia cifras que, hace
un año, hubieran sido base suficiente para decenas de tapas catastróficas de
los pasquines que sostienen este perverso modelo económico.
Lejos de
admitir cualquier error, continúan profundizando al destino decadente al que se
conduce al País, insistiendo con medidas que sus propios amos imperiales ya no
pueden sostener. El famoso libre-mercado, ese falso ideal aceptado ciegamente por
las élites nacionales que fueron las históricas promotoras de la miseria y el
subdesarrollo, solo pueden defenderlo quienes tienen como objetivo asegurar los
beneficios para los dueños del Mundo.
A ellos
sirven con entusiasmo los actuales ocupantes de la Casa Rosada, desligados de
cualquier intención de generar bienestar a las mayorías populares, para quienes
siempre se destinan los padecimientos y la espera de un derrame que, sabemos
por mil experiencias, nunca llegará.
Será como
dijo alguna vez Manuel Belgrano, que “Los
hombres no entran en razón mientras no padecen”; porque la reacción ante
tanto futuro desgraciado a la vista, todavía no ha logrado movilizar lo
suficiente a una sociedad sumida en la anomia, atravesada por relatos mediáticos
de corrupciones, menos que incomprobables, de enemigos inventados por los
mismos que les originan las pobrezas.
La mentira nos
está ganando por goleada. Y apabullados por derrotas provocadas por el abandono
de objetivos colectivos y la exaltación
del individualismo, el destino de privaciones parece asumido como irremediable.
Si así resultase, nuestra Nación terminará en la humillante condición de pordiosera
del Mundo, suplicando limosnas a sus
verdugos.
Belgrano tiene
la réplica a tanta apatía, cuando dice: “Me
hierve la sangre, al observar tanto obstáculo, tantas dificultades, que se
vencerían rápidamente si hubiera un poco de interés por la Patria”.
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