Por
Roberto MarraNos
gritan en la cara: ¡la ignorancia al poder! Nos desarman de realidad
con videos de diez segundos. Nos apabullan con sonidos estridendes de
músicas que no son más que ruidos embalsamados, pudriéndose en
ritmos desajustados y melodías incordiosas. Nos relatan lo que no
existe, nos mienten con fruición, nos aplastan con pruebas armadas
con sus (des)inteligencias artificiales. Nos generan mil enfermedades
con sus comidas rápidas, sus colas pegajosas de glucosas con
burbujas, sus remedios enfermantes, sus mágicos saberes de
universidades cooptadas para la destrucción del conocimiento
popular. Nos encierran en cárceles sin barrotes, donde los guardias
somos nosotros mismos, enarbolando disputas con nuestros iguales,
para placer de los que nos metieron allí y tiraron la llave al
basurero de la historia. Nos empujan al pozo de la injusticia
permanente, al final de todos los sueños, al hondo padecer de
sufrimientos sin respuestas, al dolor de ya no ser, al patio trasero
de sus monstruosidades misilísticas, al tribunal de la mentira
juzgadora, al pasillo de la espera del eléctrico ardor del fin del
Mundo.