lunes, 7 de septiembre de 2026

LA DIGNIDAD PERDIDA

Por Roberto Marra

¿Qué cosa es la “dignidad” de una persona? ¿Cómo se evalúa esa dignidad, cómo se la trata, cómo se la describe, cómo se determina su valor, cómo se la hace realidad? Son interrogantes cuyas respuestas son esenciales para determinar los objetivos de una sociedad determinada. Son valores cuyas preeminencias construyen humanidad, desarrollan conceptos inclusivos, manifiestan la voluntad real de crear sociedades donde la Justicia esté tamizada por fundamentos de equidad entre los individuos.

¿Es posible generar semejantes valores dentro de un sistema que necesita anularlos o disminuirlos? ¿Se puede desarrollar sentidos propiciantes de tal cosa, al interior de esta sociedad diezmada de hidalguías y bombardeada por estigmas empobrecedores de las consciencias? Las preguntas son de una complejidad equivalente al nivel de podredumbre de la racionalidad en la que sobrevivimos. Nos interroga sobre nuestras debilidades, ponen en duda nuestras concepciones, aplastan el entendimiento impuesto con programas educativos negadores de las dignidades de los diferentes, de los rebeldes, de los sublevados contra la estructura de valores que aseguran los privilegios de quienes manejan los hilos de este teatro del absurdo.

La verdad se fue de viaje hace mucho. La razón es una presencia del pasado, ya casi no tenida en cuenta. Los sentimientos se tergiversan en nombre de objetivos de felicidades etéreas. La virtud es una antigüedad a la que ya pocos le reconocen su valor. El honor se vende al mejor postor, mientras los dolores mayoritarios se multiplican para satisfacer los deseos de los dueños del Planeta, cuyas soberbias son directamente proporcionales a las miserias que generan.

En otros tiempos, la rebelión sería lo inmediato. En estos, es sólo un sueño que ni nos dejan soñar. Por otras épocas, lo esperable sería la unidad de los sometidos, la movilización de los ninguneados, el fundamento para el nacimiento de ideas revolucionarias o la aplicación de otras que antes sirvieron para transitar caminos de prosperidades que parecían definitivas, pero que cayeron bajo la piqueta de las corporaciones y sus tramoyas con el imperio.

El patriotismo es un concepto abandonado por las mayorías, sólo despertado por pasiones futboleras. Las ambiciones personales priman por sobre las colectivas. Los dolores populares sólo les importan a los sufrientes. La empatía es un sentimiento poco partícipe en las evaluaciones de la realidad. La solidaridad se resume en un criterio dadivoso de reparto de paquetes de polenta.

Mostrar la realidad es un signo de coraje retribuído con la estigmatización desde los “goebbelianos” medios hegemónicos. Reconocer la miseria está mal visto, esconderla es la forma de la que sus obscenos fabricantes se valen para sostener un modelo expropiatorio de dignidades y sobrevidas. Ajenizar la pobreza, alejar el reconocimiento de lo que se planta con crudeza ante nuestro ojos, es la alternativa de la que se valen los poderosos para dejar tranquilo a su statu quo.

Los perversos apropiadores de nuestras vidas, resumen con palabras hirientes los disvalores que prometen como futuro de glorias inmediatas, sostenidas como las zanahorias delante de los ojos despojados de conocimientos de un colectivo social que sólo escucha los cantos de sirenas. Alzan banderas ajenas para desprenderse de la propia. Elevan razones irracionales a la categoría de certezas absolutas, para apabullar las desobediencias y anular las reacciones populares. Se pavonean con sus socios imperiales hasta hacer estallar las pocas consciencias encendidas, mientras sostienen la masa monstruosa de politiqueros prebendarios de los que se valen para legislar sus bestialidades.

Brutos con iniciativa sanguinaria, desvían la atención hacia lo que no importa para alargar sus poderíos. Estiran los tiempos de sus prevalencias para bloquear las salidas. Ponen diques salvadores de sus privilegios financieros, por si fallan en sus eternizaciones políticas. Manosean y destruyen leyes y constituciones, con la complicidad de sus ejércitos de jueces y fiscales venales, mientras aseguran sus fortunas mal habidas en guaridas sostenidas por el imperio para sus macabros designios hegemónicos.

La dignidad está perdida en la selva de las miserabilidades inhumanas. El honor se desvanece en la arena de la consciencia que se nos escapó de las manos hace demasiado tiempo. La seriedad ha pasado a mejor vida, la nobleza de las almas es cosa de un pasado casi olvidado, mientras la vileza alcanza su máximo nivel. Nos tapa la basura de los sueños incumplidos, nos abruman las penas sufridas cada día por aceptar el dominio de los peores, por abandonar el camino virtuoso de lo colectivo, por hacer trizas las banderas que nos cobijaron en los tiempos en que la felicidad estaba, casi, a la vuelta de la esquina.

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