domingo, 11 de enero de 2026

EL ASOMBRO PERDIDO

Por Roberto Marra

La palabra “asombro” parece haber terminado su existencia. Ya no es posible utilizarla, porque nada de lo que suceda puede remitir a esa expresión. Los discursos, los relatos periodísticos, las narraciones sobre realidades inexistentes como si fueran certezas, son la moneda corriente con la que se pagan las credulidades. El tamaño de las mentiras ha sobrepasado el límite de la obscenidad. Los mentirosos se han adueñado de las palabras, las han secuestrado para no permitir la elaboración de criterios ni reflexiones de las consciencias. Los engañeros se han apostado al frente del edificio de la comprensión, para acabar con las convicciones y aplastar los convencimientos alternativos al del Poder Real y sus secuaces.

No se genera estupor ante las declaraciones del monstruo de la casa blanca, asegurando imposibles o recitando amenazas. No hay sorpresa frente a sus seguridades semánticas, tan brutales como incoherentes con la realidad que no domina, pero altera. Pero hay fascinación de los ignorantes y los chupamedias, sumidos en la modorra de una borrachera de pasmosas resoluciones sobre aquello de lo que se creen partícipes privilegiados, cuando no resultan más que simples bufones del séquito del emperador de turno.

La perversión ha ganado por goleada el partido de la verdad. Se ha instalado con toda su prosapia de malversación de dineros e individuos, corrompiendo a su paso todo lo que toca. Los seguidores de semejantes engendros ocultan, manosean, trasvisten lo evidente, dejando por detrás sus propias historias, aniquilando el entendimiento, frustrando las esperanzas y desarmando las utopías.

El monstruo mayor asegura lo que no puede ser real, como garantizado. Exhibe cifras irreales para determinar futuros inminentes de cambios profundos que nunca serán. Insulta a los gritos a sus enemigos ideológicos, abrumando a los desprevenidos y espantando a quienes todavía conservan rasgos humanitarios. Sube el tono de la disputa, creyéndose propietario de todas las decisiones, o director de una orquesta planetaria cuya mayoría ya no desea seguir a su batuta.

Pero este malogro de la humanidad, este personaje de las cavernas dolarizadas, este vómito de la historia pervertida, crea sus propios anticuerpos. No podrá asumir su liderazgo absoluto, porque la reserva moral que él no tiene, sigue alojada en el alma de los pueblos que recuerdan. La rebelión es una condición humana imposible de evitar, cuando las neuronas se alínean y la memoria triunfa sobre la derrota espiritual. Los sufrimientos que nos imponen, han formado parte de la tradición de las luchas populares, porque ésta siempre demanda esfuerzos supremos para sostener los valores que los imperios nos roban cada día.

Todas las riquezas materiales de las que se quiere apropiar a base del desprecio a la vida, serán los componentes de su lápida final. Los pueblos encontrarán los caminos para derrotarlo, para anular sus prepotencias, para expulsar sus ejércitos y sus misiles, para acabar con sus relatos hollywodenses de triunfos que nunca tuvieron ni tendrán. Y la decadencia senil de su imperio será la tumba de su tiempo de muerte, que ahora mismo nos toca confrontar para recuperar el imprescindible asombro sobre sus maldades.

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