miércoles, 31 de octubre de 2018

LA COMPETITIVIDAD

Imagen de "Milenio"
Por Roberto Marra
Si hay un principio que cualquier defensor de la economía capitalista, que se precie de tal, esgrime con especial énfasis, es el de la “competitividad”. No habrá discurso, conferencia, debate económico, planteo legislativo o discusión mediática en que falte ese especial término que define, con prístina claridad, la pertenencia ideológica de quien lo utilice. Su uso se ha extendido de tal manera, que hasta quienes sostienen banderas ideológicas opuestas, utilizan semejante palabra, que pareciera tener una cualidad mágica para resolver todos los problemas económicos de la sociedad.
Competir implica pugnar por un éxito enfrentándose a un rival. Así es que se ha promocionado siempre la sociedad capitalista, como un sistema de enfrentamientos entre individuos para sobrevivir en la “selva” social. Ese es el paradigma nefasto que impulsa el Poder, para generar en los colectivos sociales una guerra permanente de intereses que produce, además, la división entre iguales y la postergación de los más “débiles”, categorización que se les otorga a los “perdedores” de las batallas por las migajas que reparten, con perversa sabiduría, los dueños de la sartén y sostenedores de su mango.
Trasladando la mágica palabra a la dimensión económica y financiera de la Nación, economistas, funcionarios, industriales, comerciantes, exportadores, ¡hasta gremialistas!, no cejan en su empeño por convencernos de la importancia de ser “competitivos” ante el Mundo, para lo cual pretenden aplicar recetas de “magias” parecidas, donde el valor del trabajo se reduce a lo que los poderosos necesitan para elevar sus cuentas bancarias.
Tenemos que ser competitivos”, espetan en cuanto reportaje se les haga. “Hay que bajar los costos para poder competir”, insisten. “Y el trabajo es un costo más”, diría el personaje simpsoniano que habita por estos tiempos la Rosada. Se presentan proyectos de leyes que pretenden asegurar futuros éxitos por la competitividad ante el Mundo, reduciendo la vida de trabajadores y jubilados a meros actos de subsistencia, lo cual, sostienen con descaro, será la llave para ganar ante los países rivales, donde similares conceptos también son utilizados para someter a sus propias sociedades.
Gracias a impulsar la porfía competidora, se pretende asegurar que habrá una profusa llegada de capitales inversores, dispuestos a poner a nuestro servicio (en realidad, al servicio de los que mandan, solamente) todo su conocimiento y empeño para hacer crecer la producción y el consumo, la industria y el comercio, el trabajo y el desarrollo. Un cuento de hadas sin final feliz, donde ganan las brujas y los sapos nunca se convierten en príncipes.
Detrás de esa oscura palabra, se esconde mucho del mal que nos aqueja. Envuelto en un manto de mentiras y falsas definiciones, transita por nuestra sociedad esa idea perniciosa y voraz, que todo lo subsume en una batalla permanente por la preeminencia meritocrática, postergando para siempre los valores éticos, solo para lograr supuestos triunfos pírricos, donde el final será, simplemente, el principio de otra frustración.
Es imprescindible generar otros fundamentos para modificar la historia social de nuestra Patria. O volver a aquellos que se abandonaron por correr detrás de los oropeles fantasiosos de sociedades construídas a base de la expoliación a otros pueblos. Tal vez la palabra “competitividad” debiera cambiarse por “complementariedad”, una búsqueda honesta de solidaridad entre naciones que nunca lo tienen todo, porque siempre necesitan de otras.
Hacia allí habrá que conducir nuevamente este carro de zapallos desacomodados, convencidos que competir entre iguales solo produce semillas de odios sin sentido y miserias de finales tan dramáticos, que dejan una huella dolorosa por donde avanzan los colonialistas de las conciencias (y de las naciones). Ellos son los verdaderos competidores de nuestro Pueblo. Y contra ellos será la batalla final por la libertad y la justicia social.

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