viernes, 19 de octubre de 2018

LA COBERTURA DE LA MUERTE

Imagen de "Revista Corrientes"
Por Roberto Marra
El morbo forma parte indisoluble de los seres humanos. Es esa pertubación casi patológica que producen los hechos truculentos, las muertes violentas, los padecimientos de los débiles, la visión de los sufrientes. Como tal, forman parte del “armamento” mediático que se utiliza para captar la atención de la población sobre temas de asesinatos, hallazgos macabros, entrevistas a familiares de víctimas y otros hechos similares.
Ante la desaparición de un menor, corren los movileros a ponerles micrófonos a los padres y familiares, preguntan hasta dañar los sentidos de los padecientes, se regodean con sus llantos y elaboran teorías delirantes para llenar espacios con escasa o nula calidad periodística. Atraviesan todos los límites de lo coherente y la moral, en nombre del sacrosanto deber de informar sobre lo que nada tienen para decir, más que especulaciones sin vestigios de realidad.
Pasan horas (literalmente) con las cámaras enfocando la nada misma, repitiendo las pocas imágenes que pudieran haber logrado con cierta lógica periodística, hablan hasta el hartazgo con policías que no dicen nada, fiscales que especulan sin pruebas, jueces que aclaran lo que no conocen y vecinos que hacen del chisme su deporte favorito. Dividen la pantalla tratando de mostrar que abarcan lo que ni siquiera intuyen, mientras en los estudios se reunen “especialistas” con menos ética que conocimientos, tratando de elaborar fantasías sobre el destino de la víctima y sus probables captores.
El regodeo más repugnante vendrá si la víctima aparece muerta. Comenzará allí otro capítulo de este drama morboso, con cámaras moviéndose detrás de los familiares, preguntando ¡que sienten!, indagando sobre sus sospechas, incitándolos a declarar lo que no saben, empujándolos todavía más abajo en el abismo de la desesperación de sus vidas atravesadas por semejante dolor. Más análisis berretas sucederán a los anteriores, más parafernalia pretendidamente científica de ignotos personajes creídos de saberes que ni rozan, demasiada carga de ignorancia mostrada como inteligencia periodística al servicio no se sabe muy bien de qué.
Decenas de horas malgastadas sin contribuir más que a la descalificación de lo humano. Abandono de la realidad conducente a los sucesos que se están cubriendo. Olvido de la decencia y el respeto a los semejantes, sobre todo cuando se trata de personas empobrecidas, atravesadas por conflictos inherentes a sus condiciones sociales y evidentes abandonos previos. Miradas sesgadas y clasistas sobre hechos que, de suceder en ámbitos de la “alta sociedad”, serían tratados hasta con devoción.
Las pantallas se llenan de escenas desgarradoras que debieran pertenecer solo al ámbito de lo privado, mostrando lo perverso de un sistema que destruye el sentido mismo de sociedad, atravesándola con muestras horrendas de sus desvíos de lo moral. Los conductores de los programas se abarrotan de palabras lastimeras, de lágrimas de cocodrilo, de supuestas penas que dejan de lado al instante de comenzar la siguiente nota, olvidando con la rapidez de sus desprecios el aparente sufrimiento que nunca tuvieron.
Por allí se camina, construyendo discriminación y menosprecio, enarbolando estigmas sociales que padecerán por siempre los padecientes de las aberraciones del sistema. Se olvidarán demasiado pronto de los deudos de las víctimas y sus dolores, hasta el siguiente capítulo de esta “novela” improvisada con la muerte como paradigma. Desplegarán otra vez a sus movileros, experimentados en eso de hacer periodismo desde el dolor ajeno, atravesando su digna profesión con coberturas siniestras, muestras claras de la corrupción mediática que padecemos. Y que forma parte indisoluble del régimen que genera las miserias sociales que supimos conseguir.

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