martes, 23 de octubre de 2018

LOS CAMPESINOS ARRASADOS

Imagen de "ANCAP"
Por Roberto Marra
Hay cosas que pasan, que nunca vemos. Casos que no se reflejan en la pantalla de diarios trajines falseadores de verdades, que estallan cada día en lo profundo de nuestro territorio. “Olvidos” permanentes de la realidad sufriente de los ninguneados de toda la vida, de los perseguidos por la oscuridad de su piel, de los castigados por ser pobres, condición que, paradójicamente, enoja aún más a quienes les provocaron esa pobreza.
Nada será mostrado cuando algunas bestias salvajes con uniformes y patrones engreídos de poder, arrasen con los bienes y las vidas que se pongan por delante de sus intereses. Solo serán, tal vez, simples recuadros muy pequeños en las últimas páginas de los periódicos y una nota perdida de pocos segundos en la mar de idioteces que inundan los noticieros de conductores sonrientes y tilingas de escasas neuronas.
Santiago del Estero es tierra de pocos, como todo el País. Es una extensión inmensa en manos de un grupo reducido de miserables con fortunas mal habidas y estancias armadas con robos a los auténticos campesinos. Los asaltos a los habitantes empobrecidos de los montes son moneda corriente, apañados por un Poder Judicial que, como siempre, tiene una balanza fallada y un solo ojo para ver la realidad.
No se contentan con maniobras leguleyas y actúan como hace más de cien años, a fuerza de golpes, balas y fuego, consumiendo (literalmente) las vidas de quienes sobreviven en la hostilidad climática y la irracionalidad estatal, cómplice escondido detrás de papeles inventados para desalojar a las familias y aplastar para siempre sus ya pocas esperanzas de vidas mejores.
La muerte campea por esos campos. El odio clasista se expresa con la crudeza que caracteriza a los poderosos. La bonomía natural de los campesinos no alcanza ni a manifestarse, acallada por el tropel de oscuros personajes que parecen salidos de alguna película del far west. La maldad eleva su puntería para acabar con los auténticos dueños de las tierras, haciendo realidad el llamado de quienes hablan de acabar con la pobreza a fuerza de hacer desaparecer a los pobres.
Arrasan, queman y matan, elucubran papeles falsos y extorsionan a los genuflexos de la política, rastreros de prosapias feudales que, en el fondo, gozan con tanta maldad desatada. Son sus pares los que desalojan a balazos los territorios que necesitan para elevar sus cuentas bancarias a costa de desmontes y sojización, de destrucción de los hombres, las mujeres y la naturaleza que los cobijaba. Son sus iguales los soberbios de látigos acostumbrados a las pieles oscuras de sus peones, esos cobardes de apellidos “ilustres” y almas vendidas al diablo.
Pequeños grupos de campesinos intentan reaccionar ante tanta violencia desatada. Serán perseguidos y golpeados por las bestias uniformadas y civiles de costumbres perversas al servicio de los ricachones. Correrán la misma suerte del que defendía su humilde ranchito, honrado trabajador de tierras secas y calientes, desahuciado seguro desde su propio nacimiento por imperio de un imperio que termina con todas las esperanzas.
No existe la Justicia por esos lados. A decir verdad, casi por ningún lado. Simplemente se roba, se apodera, se desaloja y se mata por voluntad del patrón de la estancia vecina, acumulando territorio ajeno con escribanos propios y jueces de palenques muy rascados. En poco tiempo se verá por allí un enorme mar verde, desprovisto de montes y ranchitos, con olor a venenos fumigados y vigilados con ejércitos privados.
Es un destino programado desde las lejanas oficinas de ejecutivos con anteojeras mentales. Es la razón del abandono acompañado por los votados con inocencia por los mismos castigados. Es la condición indispensable para el dominio absoluto de lo que nunca pudo ser de ellos. Es el final de un camino que conduce a ese nuevo infierno de llamas verdes, sin ninguna maleza y con todas las maldades.
Nos queda, simplemente, la esperanza de juntar tanta desgracia en un solo grito de dolor y voluntad unitaria, que logre terminar con la injusticia y culminar la obra libertaria de una revolución que nos espera hace más de doscientos años, para acabar con esa raza de opulentos inmorales.

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