miércoles, 28 de junio de 2017

PEAJE A LA MUERTE

Imagen de El Eco de Tandil
Por Roberto Marra

En días de graves accidentes con luctuosos resultados, de familias destrozadas y futuros arruinados, se repiten los conocidos discursos de las supuestas “fatalidades”, de aparente imposible prevención. Otra vez  las caras compungidas de los funcionarios, expresando aparentes dolores por los sucesos, acompañados por relatos truculentos de medios que solo ven el negocio de la muerte como atractivo para vender mejor sus producciones. Al poco tiempo, todo se olvida, para seguir con otro show más rentable.
Hay que decir que el sistema circulatorio de automotores es tan obsoleto como las mentiras que encubren la inacción de quienes debieran modificarlo. La circulación por simples calles rurales de no más de 7 u 8 metros de ancho no ha variado desde que naciera el sistema vial argentino, salvo las excepciones de autopistas que unen grandes centros urbanos. Y aún éstas se encuentran ya vetustas, en virtud del crecimiento del parque automotor y, sobre todo, de la falta de los mantenimientos adecuados.

La ridícula pretensión esgrimida en los años ’90, asegurando que las privatizaciones de las rutas traerían aparejadas sus renovaciones, a fuerza de pagar peajes astronómicos para ver pintar rayas amarillas y poner casillas de cobro, no cambió nada, salvo el aumento de las cuentas de los concesionarios.
Pero no todo es cuestión de las rutas y el clima para que sucedan incidentes mortales en las rutas. Es la falta de adecuación de los conductores a las circunstancias y los medios lo que generan esos hechos, y no solo el camino angosto, o la falta de iluminación, o la niebla, o la lluvia.
Creerse superior a las fuerzas de la física, desemboca en negligencias suicidas (y homicidas). Pretender vencer al tiempo debiera ser la primera condición para ser considerado incapaz de transitar sobre un vehículo. Anteponer disculpas climáticas o infraestructurales, no cambian las responsabilidades propias, aun cuando no exima las ajenas.
Es innegable que la visión economicista de la infraestructura vial, del tránsito y del transporte en general, no ha hecho más que generar grandes negocios para muy pocos y muerte para muchos, desvalorizando este fundamental factor de desarrollo. Pero ignorar los desatinos de quienes están al comando de vehículos de los cuales no entienden sus poderíos, ha sembrado los caminos de inútiles vanidades y finales anunciados,  pero nunca escuchados, de destrucción y muerte.

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