Por Roberto Marra
El abandono es una actitud miserable de quien lo hace. Y es un dolor insoportable para quien lo padece. De esos dos sentimientos opuestos están constituidos los últimos diez años de sobrevida de Milagro Sala. De eso, y de la vergüenza de una sociedad incapaz de evitar semejante daño a una mujer acusada de lo que nunca hizo, señalada por lo que jamás sucedió, sancionada por hechos inexistentes creados al efecto por un aparato judicial obsceno y perverso.
Lavarse la manos ha sido la actitud de quienes mayores responsabilidades dirigenciales tuvieron y tienen en el campo nacional y popular. Declaraciones tan esporádicas como inútiles, han sido las únicas “rebeliones” de quienes se autoasumen como nuestros conductores, con las escasas excepciones que resaltan sus virtudes humanas. Mientras el Pueblo, ese invitado de piedra en el festín neoliberal vigente desde entonces hasta ahora, permaneció y permanece lejos del interés por semejante violación de derechos, más preocupado por sobrevivir al mortal ataque de los mandamases de turno, buscando los mendrugos cotidianos o enfrascados en desconocer la realidad para creerse parte de un sistema que los está liquidando.
La cuestión forma parte de todo un proceso (palabra de triste recuerdo) de eliminación del sentido patriótico, de la imposición mediática de una cultura del desprecio y el odio. “Argentina” sólo es una palabra cantada durante los mundiales de fútbol, momentos durante los cuales se logran esas “unidades” vacías que tanto predican los constructores de la destrucción nacional. “Nación” es un término para discursos hípócritas, a través de los cuales los actuales genocidas por goteo pretenden convencer de futuros imposibles y de felicidades incoherentes con sus acciones vendepatrias.
La existencia de Milagro fue un milagro. Su pasión real por la Justicia Social, su acción verdadera por la solución de las necesidades de sus iguales, de nuestros hermanos y compañeros de luchas olvidadas, la distinguen y la destacan. Hacen falta miles de Milagros para construir los sueños de libertades nunca alcanzadas, de felidades jamás encontradas, de soberanías conculcadas y de independencias perdidas.
Ahora mismo precisamos un milagro: la resurreción de la consciencia popular, la parición de una unidad verdadera, la reconsideración de las viejas ideas para reconvertirlas en nuevas banderas de luchas. Ya mismo es preciso ordenar los desperdigados espacios de militancias, acordar en lo trascendente, disolver las miserabilidades ególatras y aplastar las cobardías oscuras de quienes no terminan de comprender las responsabilidades que les caben en semejante desvarío antisocial.
La espera de Milagro no puede seguir sucediendo, porque su vida está en peligro. La vergüenza de diez años de abandono debe estallar en nuestras consciencias. Las rejas del sometimiendo virtual al que no nos atrevemos a oponernos, deben abrirse, tal como deben hacerlo las reales, las que tienen presa a esta mujer que fue capaz de hacer, de verdad, lo que sus acusadores odian y sus supuestos “compañeros” menosprecian. Después sí, podremos llamanos humanos.





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