jueves, 19 de abril de 2012

CLAVES ORIGINALES


Por Gustavo Daniel Barrios*

     El término es vocación cuando hablamos de estar en constante actitud de vigilia militante, al concentrarse el propio protagonista de la historia, en la búsqueda de respuestas y en la búsqueda de acciones eficaces, en lo referido a problemas grandes como el caso de la minoridad en riesgo, tema necesario de recorrer un poco en este momento. Metáfora esta de la minoridad en riesgo, que concentra en sí el símbolo mejor para identificar la causa vital de los adultos, por el espesor de su incertidumbre, cuando al igual que los infantes aquel siente que es presa del temor, por una vida más que difícil, como para resolverla en soledad.
        Los niños y los jóvenes caídos en destrucción, parcial o total, bajo el yugo de las drogas. Y ahora aquí, se ubican en el centro de la escena los institutos laicos, y como tales de indisputable jerarquía. Las mejores instituciones que existen, desde una concepción inteligente mínima, para asistir al menor adicto son los institutos laicos con pie en los estamentos oficiales como es en todos los casos. Y desde este respeto, también por las instituciones cristianas en el tema, es que sobreviene la preocupación, porque cuando el menor se encuentra partido por pertenecer a la comunidad en riesgo por antonomasia, es decir la que se asienta en los extramuros, y en tal condición, más vulnerables al narcotráfico que los organiza en bandas, o los convierte en una infraespecie, es allí cuando llega a nosotros el alerta.
         Puede verse que en estos casos, los institutos laicos afectados a la salvaguarda del drogadependiente, son aun incapaces de resolver la racha de recurrencia, de apariencia interminable, que padece el menor cuando el sector donde se asienta es el aludido de mucha vulnerabilidad. La recurrencia acaecida con interregnos largos o cortos, es de difícil solución. Y tal vez esto sea así, porque en tales marcos de contención no alcanzan los jóvenes a absorber los contenidos inhibitorios suficientes, que impidan el relacionamiento tan fácilmente corruptor, cuando se paran un momento ante las líneas rojas en donde se ubica el peligro. Y entonces queda demasiado cerca para ellos pues, el ingreso a circuitos que siguen allí al acecho y obviamente, desean la destrucción de estos jóvenes debatidos entre dos caminos.
       La problemática, y viene todo esto a cuento de tanto joven abatido en enfrentamientos, tal vez principie por la actual imposibilidad de reemplazar, la fuerte oferta psicológica del hampa –llamémosle así-, y de los que están subsumidos casi sin salida en los mismos nodos sociales donde viven los asistidos, para trocarla por una fortísima poción terapéutica y cultural, que desde los institutos pudieran captar y asegurar, el alma del sujeto adicto. Yo no sé cuál sería tal pócima, pero se me ocurre que modificar la lógica de proximidad constante al peligro, como sería acaso el incentivo de recorrer provincias; aclaro que mucho me baso aquí en la experiencia del cotolengo al que dieron fama Panchito Chévez y otros, y son apadrinados todos ellos por León Gieco. Esto y engarzarlo  con la acción de hacer ingresar al asistido en el mundo del arte, desde el aprendizaje cual disciplina férrea, y un día se encontrará el menor con que ha salido de su embotamiento que lo hacía declinar en torno a los bordes extremos, y se vería a sí mismo tan fortalecido y renovado, que esa pulsión ya se le fue, y los caminos únicos en el horizonte de él sólo podrían ser los de la reinserción. A partir de ese momento es recién cuando se presenta el escenario de reinserción, y digámoslo también, de inaugurar ciudadanía, siendo este un camino extenso, que por cierto le puede llevar mucho tiempo. Pero su reinserción estará ahí asegurada, porque el sujeto se limpió, se liberó, y se halla reelaborado en su fase personal.
        Tampoco desechar las miserias humanas, que toca a los ámbitos arcaicos de la estructura política general. Nunca me olvidaré de los últimos diez días de vida, del gran maestro de la lingüística a nivel Nación, como fue Don Salvador Costa Parga. Este hombre murió a sus 87 años en una fecha insólita: Lo hizo alrededor de las cinco de la mañana de aquel día en que, en 2009, el oficialismo perdió esas elecciones. Pero nada.
          Este amigo, pasó unos quince días en el hospital Freyre de la calle Olivé, cerca de tantas cosas que le incumbieron, como los niños que no engendró pero ayudó a construir, si esto hace una vida en el claustro universitario, en donde todos para él eran niños, había que conocerlo para saber de esto; dicho por el hospital infantil de zona norte. Y cerca del acuario, que me hace pensar en todas las ciencias que abordó, como la astronomía, que lo deleitaba en las horas que le dejaban libre su tan recordado don de lenguas. Y cerca de ese parque allí que vincula ambas cosas, porque don Costa Parga fue un hombre atravesado por la vida natural. Con cierto ingrediente obsesivo también hay que decirlo, cuando predicaba su vegetarianismo. Yo lo he visto asar, en compañía de dos jóvenes invitados, a la entradita de su jardín más que rústico y cerca del arbusto de nísperos, en su parrillita, pimientos, tomates y zanahorias, alguna otra hortaliza más, ya próximo al almuerzo. Yo me retiré antes de que comenzaran. Ni siquiera cabía en su mente un asado de res. En su acervo folklórico, él solía llamarle carne a lo rico de la pera. La carne de la pera, la carne del durazno. En fin....
          Yo y otros de sus amigos nos dividimos la semana en los últimos diez días, ya que creo que él pasó los primeros cinco solo en el hospital, hasta que nos empezamos a enterar y organizar. Aunque en esos días al comienzo él había logrado impresionar a una muchacha que cuidaba al anciano de junto a su cama, ya que nuestro amigo era un personaje raro, así como hallar un pavo real dentro de una clínica veterinaria. Y esta chica lo cuidaba también a él todo el día. Así que lo cuidábamos, pero en verdad lo estuvimos despidiendo de a poquito al viejo. Otros de sus amigos aparecieron a lo último, la señora o señorita Capriolo, el señor Rovira que lo había rescatado en la propia casa del viejo junto a otro señor, otros, muchos..... Rovira se apartó unos días por fuerza mayor, pero quizá anduvo mal, ya que este hombre tenía privilegio para el viejo. Siempre fue él su pupilo de oro o hijo adoptivo....
            Y fue en los últimos diez días, que apareció en escena la trabajadora social, quien ni bien comprendió que el viejo era una figura nacional, decidió en el acto que le tenía una refinada inquina. Le hicimos saber quién era él nosotros, y además la oficina nacional del PAMI; será que el viejo estaba en Rosario desde 1965, o el año siguiente no sé –se había venido siguiendo a su hermana con familia aquí-, pero él había nacido en Caballito, en Buenos Aires, en el año 21. Lo cierto es que la oficina porteña se enteró pronto de sus laureles, supongo que por sobrinos nietos, o amigos de los bis, o lo que fuere quién sabe, pero cuando se mudó a Rosario Costa Parga ya era una figura de relieve en el ámbito lingüístico. Y decidieron desde allí, tanto agradecemos, asegurarle su traslado a un geriátrico de mucha categoría en el centro de aquí, y en plazo brevísimo. Esto fue lo que rebalsó el vaso de la profesional, ya que argumentaba que por qué hacían diferencias, que los abuelos eran todos iguales... En realidad se juntaron en ella dos factores en ese momento: su trauma de ser antikirchnerista, y evidentes frustraciones personales que le fueron imposibles de contener. Le agarró bronca al viejo.
          De todos modos, si bien bastante perdido, pasó muy sereno esos días, dormía, todo, pero Salvador Costa Parga se fue a morir al Freyre, él estaba agotado, exhausto, y se murió.
       Por todo esto último es que no puedo apartarme de las cuestiones por fuera de la organización jurídica, general, del país, en tanto aparecen empleados de este calibre, que vuelven a susurrar aspectos de índoles no tan ligadas a las ideas ordinarias.

       A raíz de todo lo anterior, se abrió un resquicio aquí, que me permite indagar en qué consiste la ideología del servicio, encumbrada en una concepción desprovista de todo lo que sea lastimar desde el ego. Me cuesta salir del caso en el hospital Freyre, pero he descubierto que los dramas que vivimos en el fragor diario, en cuestiones políticas, vienen de la impronta salvaje que deposita el ego en las relaciones humanas en esta arena. Tiene de apariencia un “simplismo”, pero en realidad el ego es deplorable al nunca permitir en su inflamación, la fluida y bien intencionada resolución de los conflictos. Los pecados impronunciables se maceran en el frasco de los egos inflamados. Hinchazón harto perniciosa y decadente.
         Es claro que esta ilusión o corrupción de los sentidos, convierte al sujeto cínico en un predador, toda vez que no halla consuelo por su enfoque empobrecido y limitado, que utiliza para juzgar desde allí todas las cosas.
        Un día cuando lo descubre no entiende cómo cayó en el error de la visión ilusoria, y se amarga al comprender, que fue payaso o títere servil, de órdenes que a través suyo lo pretendieron todo profanar o poseer. 
         Nunca rehuir a una explicación que haga excepción de las especificidades que se tratan en las agendas abordadas por imposición, si sucede que en una trastienda de lateríos, se encuentra usted con unos floreros de bronce que le produjeron alivio. ¿Por qué rechazar el convite?  

*Escritor
  Miembro del Centro de Estudios Populares

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