Por
Roberto Marra¿Cómo
se explica el dolor por quien nunca conocimos? ¿De dónde sale la
empatía hacia ellos? ¿Qué revolución interna provoca recordarlos
cada año? ¿Cuál es la medida de nuestros padecimientos frente a
los soportados por ellos? ¿Por qué nos reflejamos en sus memorias,
pero no asumimos a cabalidad sus herencias de luchas? ¿Para qué las
lágrimas, cuando no nos atrevemos a hacernos cargo de re-iniciar los
caminos cerrados con sus desapariciones? ¿Qué lugar recóndito de
nuestras almas habrá que revolver, hasta extraer de ellas las
palabras liberadoras que nos incrustaron con sus muertes? ¿Por qué
no hemos sido capaces de emular sus valentías frente a los mismos
enemigos disfrazados de otra cosa, pero iguales? ¿Qué demonio nos
ha cooptado para evitar las reacciones que ellos hubieran tenido ante
la miseria programada que padecemos desde sus pérdidas? ¿Qué
engendro tan obsceno ha sido capaz de borronear sus integridades,
descolorear sus virtudes, enterrar sus alegrías militantes, apagar
la llama de las utopías que los guiaban? ¿Cuánto más habrá que
soportar hasta encender el motor de la revolución que nos robaron
sus asesinos? ¿Cuánta mentira habrá de aguantarse, para rebelarse
contra el monstruoso sistema que nos doblegó desde entonces?
¿Cuántas traiciones habrán de admitirse dentro de los movimientos
políticos populares, para expulsar a sus autores, transformados en
herederos, voluntarios o involuntarios, de los legados malnacidos de
aquella bestialidad cincuentenaria? ¿Serán necesarios más
suplicios sociales como los actuales para arrebatarles la iniciativa
a los mismos de siempre, los cómplices de semejante historia no
redimida? ¿Hay vida detrás de la escena malparida que nos empuja al
abismo de siempre? ¿Somos dignos de la memoria que decimos tener
sobre tantos valientes de aquellos tiempos que deshonramos con
nuestras apatías? ¿Nos atreveremos a soñar sus sueños, a cantar
sus cantos, a señalar sus mismos sentidos hacia una libertad de
verdad, construida con la argamasa de la justicia popular? ¿Estaremos
a la altura de sus designios nunca terminados, sus sonrisas nunca
borradas, sus juventudes eternas, sus convicciones nunca entregadas?
¿Tendremos el coraje de respondernos estas preguntas para
re-elaborar nuestro destino de Patria y expulsar, para siempre, la
colonización de nuestro territorio y nuestros pensamientos?
Una
condición suprema debe guiarnos: no pueden esperarse otros cincuenta
años. Ni siquiera cincuenta días.