miércoles, 20 de marzo de 2019

LA OPOSICIÓN COBARDE

Por Roberto Marra
Imagen de "elpaís.com"
Para desalojar un elemento indeseado cualquiera, que ejerza una fuerza hacia una dirección determinada para mantenerse en el lugar en que se encuentre, se debe realizar una fuerza mayor a la sostenida por ese elemento, y en sentido contrario, para poder sacarlo y ocupar ese sitio. Tal como lo expresa esta verdad física, sucede en el ámbito político, cuando se pretende desalojar del poder a quienes lo vienen ejerciendo.
Es que resulta muy poco probable que se pueda vencer a los representantes de un determinado gobierno, por menor que sea la valoración positiva que la mayoria de la población tenga sobre sus representantes, por más cuestionado que se encuentre y por enorme que sea la imágen negativa de quienes pretendan darle continuidad al régimen que pretenden seguir sosteniendo, cuando para hacerlo solo se expresen tibias oposiciones, temerosas definiciones y propuestas demasiado parecidas a las políticas que se vienen llevando a cabo.
Es cuando aparecen esos candidatos que se tratan de imponer a través de los medios del Poder, quienes gustan llamarlos “de oposición moderada”, eufemismo que retrata con exactitud la nada misma que significan estos patanes que se ofrecen para cumplir con el rol de continuadores de lo mismo, pero con otras máscaras. Algunos, incluso, se atreven a manifestarlo sin tapujos, asegurando su rendición anticipada ante los poderosos, que necesitan de ellos para elevar sus beneficios y extender sus dominios en el tiempo.
Las dramáticas condiciones en las que sobreviven las mayorías populares, no son un freno ético para estos personajes de medias tintas ideológicas. Por el contrario, les servirán para captar la atención de los desesperados con promesas tan vanas como sus glorias de actuaciones televisivas. Cuando las luces se apaguen y los votos estén asegurados en las urnas, la desmemoria se apoderará de ellos en forma permanente, al menos hasta la próxima contienda electoral.
Pero no son ellos el mayor peligro para las fuerzas populares. El auténtico riesgo es la tibieza propositiva de candidatos que se manifiestan con un discurso opositor absoluto, pero con inexistencia de propuestas que alcancen a expresar la necesidad de invertir el sentido de las políticas que se vienen ejerciendo, con la cobardía de no atreverse a “tomar el toro por las astas” y plantear otro modelo, no alternativo, sino opuesto.
La tibieza programática puede que les sea útil a los pusilánimes que solo pretenden jugarse unas fichas en la ruleta de las urnas, asegurados como están en sus poltronas politiqueras de cargos intrascendentes. Pero la política de verdad es otra cosa, y solo sirve cuando es pensada como herramienta imprescindible para mejorar la vida de los pueblos, mil veces postergada.
Esos pretendidos “auténticos” opositores, transitan por los medios para relatarnos, una y otra vez, lo que vivimos a diario, las penurias de los pobres, las necesidades de los trabajadores, la falta de créditos para las pymes, las tarifas estratosféricas y otras yerbas por el estilo. Relatos que no tienen correlatos, conocimientos que no se complementan con expresiones que permitan colegir que se animarán a hacer algo diferente a lo que viene ejecutando el gobierno que pretenden sustituir.
Los auténticos líderes, los valientes representantes de los sueños de justicia social, los poseedores de las capacidades y el coraje necesarios para correr a los oscuros gobernantes de sus prebendarios sitiales de dominación con otros paradigmas programáticos; esos serán atacados por los poderosos y desdeñados por los gallináceos, perseguidos por una justicia amañada, revueltos mil veces, por los medios criminales, en el lodo de las corrupciones inventadas para estigmatizarlos ante los desconcientizados observadores, para tratar de correrlos de la escena electoral.
Mejor malo conocido que bueno por conocer”, dice el viejo refrán. Así lo asimilan de inmediato los impávidos ciudadanos, que no entienden por qué otorgarle su confianza a quienes solo parecen ser más de lo mismo, pero con otras caras. Y allí van otra vez, hundiendo sus votos en las urnas embarradas con las mentiras de los unos y los miedos a barrerlas de los otros. Un “cóctel” que beben gustosos los que nunca pierden, los que jamás sufren, los eternos ganadores del fraude cotidiano.

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