Por Roberto Marra
Ahí está, frente a nosotros. Cada día lo vemos más grande, más hondo, más temible. Se profundiza casi a nuestra vista, se extiende ahora con tal velocidad, que resulta imposible prever sus dimensiones de mañana. Nos obnubila su presencia, a la par que nos aterroriza el futuro que nos ata a semejantes dimensiones desconocidas. Se suman todas las sensaciones emanadas de sus profundidades, con efluvios de desatinos y muerte. Intentamos medirlo con nuestros sentidos, pero sólo alcanzamos a divisar su imposibilidad.
A pesar de los peligros que nos evidencia su acelerado crecimiento, seguimos acercándonos a sus orillas, con un impulso desconocido pero irrechazable. Atados al despropósito de la obsesión por tenerlo frente a nuestros ojos, olvidamos sus orígenes, prescindimos de otros similares que ya padecimos. Desandamos las experiencias soportadas, en busca de rastros que nos evidencien razones de su existencia, pero la memoria parece borrada, sostenida en un tiempo de dudas permanentes por pantallas oferentes de dislates aceptados como únicos.
A veces percibimos algún movimiento en sus orillas, nos parece oir el redoble de tambores y ver viejos colores revividos de épocas que nos parecen ya demasiado lejanas. Esos sonidos y visiones desatan temores antes que memorias de mejores tiempos, donde lo abismal parecía muy lejano y el miedo era algo poco conocido. Nos remueven las neuronas, pero no alcanzan a desanudar los horrores que nos sujetan frente a lo montruoso que nos deslumbra y nos acalambra.
Las sensaciones nos despojan el alma, nos arrebatan los corazones, nos expulsan de las certidumbres, nos acostumbran al dolor y la sequía de esperanzas buenas. Vemos transitar a nuestro lado a decenas de abandonados a sus suertes inciertas, a miles de sufrientes permanentes de estómagos vacíos, a centenas de madres llorando sus leches amargas a bebes desnutridos. Pero no reaccionamos como antes, no nos estimula a la rebeldía, no desata nuestros corajes ni disminuye nuestras cobardías.
El abismo nos atrae, nos conduce, nos ata a sus designios. Somos sus esclavos asombrados por tanta perfidia, pero unidos a él con extrañas cuerdas sin cordura. Ya levantamos el pie para dar el siguiente paso a ese destino más cruel aún que el padecido, con la decisión de los zombies por avanzar a ningún lugar. Ya levantamos el talón del otro sostén de nuestros cuerpos enajenados, ya estamos a punto de aceptar el ciego punto de entrega de nuestras vidas a los fabricantes de todas nuestras muertes.
Necesitamos una cuerda que no llega. Requerimos una palabra que nos ordene. Precisamos ideas que nos conduzcan, sentimientos que nos unan, recuerdos que nos recuperen, ansias que nos alienten, futuros diferentes que nos arrebaten de la obsesión maldita de aceptar el dolor como bandera. O tal vez, sólo debamos alcanzarnos las manos, apretarlas fuerte, levantarlas juntas, tirar hacia afuera de la orilla del infierno al que llegamos en el carro de las mentiras y los odios inculcados con saña voraz por los peores. Y desatar la ira de los injuriados, renacer de las cenizas de los olvidados, ocupar los lugares que nos arrebataron, llamar a los expulsados por nuestras miserias consumadas, para hacer estallar la montaña de vanidades, improperios y aberraciones, para tapar por siempre el cráter del tiempo perdido frente al abismo que nunca debimos dejar que renaciera.


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