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| Imagen Página12 |
Gracias a La Garganta Poderosa, que de estas cosas –de víctimas que
nunca son visualizadas como tales, ni por las instituciones ni por los medios–
sabe más que muchos, se pudo oír la voz de la madre de David Moreira, el chico
señalado como un ladrón y asesinado a patadas en el barrio Azcuénaga de
Rosario, donde tampoco eran nuevas esas confusiones: dos semanas antes, otros
dos jóvenes que andaban en moto fueron también confundidos con ladrones por un
grupo de remiseros, que los persiguieron a tiros. Los de la moto creían que los
perseguían para robarles la moto, hasta que se cayeron y a uno de ellos lo
molieron a palos, sin enterarse y a esa altura sin que tuviera importancia si
eran ellos los culpables de algo o eran otros. Es necesario retener en la
memoria el peso del asesinato de David, porque aunque él hubiese sido el
verdadero ladrón de carteras, su asesinato seguiría siendo un homicidio. Pero
su familia y sus amigos dicen que David no era un ladrón. Eso reclamó enseguida
su familia: salvar su buen nombre. No se podrá esclarecer ese caso, porque
David ya fue declarado culpable y escarmentado hasta la muerte en el medio de
la calle. Las crónicas sobre su muerte fueron el disparador de otras similares
aunque no tan extremas. El nombre de David quedó sepultado entre otros sin
nombre. La cosificación de los pobres, en las oleadas de mano dura, es lo
primero que sucede.


















