jueves, 3 de septiembre de 2026

LA POLÍTICA Y LA PATRIA

Por Roberto Marra

El término “política” se podría definir, por un lado, como el marco normativo y/o institucional a través del cual una sociedad se organiza. También puede referir a las medidas concretas que los gobiernos aplican para el desarrollo de esa sociedad. Además, la “política” se manifiesta en la práctica como actos de luchas o de negociaciones entre los diferentes participantes en el ámbito de la sociedad, a través de las cuales las partes dialogan o compiten en busca de lograr imponer sus objetivos.

Del dicho al hecho, hay un largo trecho”, dice el refrán. Y ahí es donde las cosas se complican y las definiciones se manchan con desvíos que se generan en las características de quienes ejercen los roles en la elaboración y aplicación de esa políticas reales. Es cuando aparecen a tallar los intereses personales o de grupo, cuando resuenan las tendencias personalistas, los egos, los temores, las avaricias, las predisposiciones a los enfrentamientos contra quienes intenten manifestar o accionar en forma diferente a lo que los dirigentes más encumbrados consideren que se debe imponer.

Pero además, la acción política “pura” no existe como tal. La realidad de la conformación de la sociedad capitalista se manifiesta, poderosamente, a través de los actores económicos y financieros dominantes, conformados en corporaciones que influencian de manera definitoria sobre el manejo de los estados y sus instituciones, todo con el indubitable interés de beneficios corporativos y de clase.

La invasión prebendaria de ese Poder Real a las instituciones creadas por la política para ejercer el control y desarrollo de los estados (supuestamente, para beneficio de toda la sociedad), tales como el Poder Judicial y el Legislativo, terminan de minar aquella teórica definición de la palabra “política”, hasta convertirla en un manojo de incongruencias con los objetivos que la sociedad espera de ella.

Aplicado esto a la realidad de nuestra Argentina actual, y específicamente a la del peronismo, en tanto expresión ideológica fundamental para entender nuestra historia política, vemos que se ponen de manifiesto, de forma brutal, esos desvíos de la visión originaria de la política. Es cuando estallan los conflictos internos cada vez más virulentos, por efecto de las posiciones irreductibles de sus dirigentes más notorios. Es cuando los intereses, o los miedos de pérdida de poder relativo, o las afectaciones personales sufridas por efecto de los actos más aberrantes ejercidos por ese Poder real que aborrece la existencia misma de esa doctrina popular, terminan por derribar sus concepciones fundantes y producen la rendición de esos dirigentes ante los poderes fácticos, donde terminan por ser subsumidos.

De ahí a la votación de los pliegos de los nuevos jueces propuestos por el gobierno apátrida que está conduciendo esta Nación al abismo de la desaparión como tal, sólo resta el paso de la conversión de la supuesta pertenencia ideológica peronista, a la de simples actores secundarios en la imprescindible acción opositora real que ya no se animan a ejercer, y para la cual fueron votados por una ciudadanía que intenta resistir, como puede, las peores perversiones antisociales de los gobernantes actuales.

La miserabilidad de este acto vulnera lo más elemental de la base conceptual que llevó a desarrollar una pertenencia identificatoria de lo nacional y popular, traducido en aquellas tres banderas fundacionales del peronismo: soberanía política, independencia económica y justicia social. Cae, con esas simples manos levantadas de los senadores que denigran sus cargos para avalar “un nuevo paradigma” frente a un poder judicial tan obscenamente prebendario. Se derriba, con semejante traición a los principios por los cuales fueron electos, el castillo de naipes en que se ha convertido ese Partido Justicialista que ha pretendido suplantar al Movimiento que lo hizo nacer con otros objetivos.

La verdad ha perdido relevancia. La falsedad se eleva en el pedestal de la ruindad, para saltar al vacío de la miseria ideológica. La corrupción de las almas está superando a la de los bolsillos que previamente transforman sus concepciones doctrinarias en letra muerta. Mientras el Pueblo, ese imprescindible actor nunca invitado a elaborar nuestro destino, sigue buscando, con desesperación, salidas que los regrese a la dignidad del trabajo, del pan de cada día, del techo que los cobije, del futuro merecido.

Es tiempo de asumir que no queda otro camino que intentar transformar esta historia retorcida con la pasión heredada de quienes lo hicieron en otros tiempos y, por fin, hacer tronar el escarmiento. Entonces sí, la palabra “política” le hará honor a la palabra Patria.

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