Por Roberto Marra
El diablo sigue firme en su Casa Blanca, deshaciendo con terror los últimos vestigios de humanidad en las consciencias de los sobrevivientes a sus martirios permanentes. Tiene un ejército de brutos con iniciativa desparramado por el planeta, multiplicando sus bestialidades en cada nación in-soberana. Posee, además de las sofisticadas armas de destrucción masiva, batallones de comunicadores de cuanta tergivesación de la realidad se les ocurra, en línea con los actos aberrantes que cada día inventa ese lucifer troglodita al que todos temen. Sostiene, con una verba idiota pero efectiva, un relato unificado para la destrucción de toda oposición ideológica.
El miedo se ha apoderado de los gobernantes de todo el Mundo, con escasas y corajudas excepciones. El placer de la disolución de las estructuras nacionales, se ha convertido en la insalubre predilección de los votantes convencidos por los corruptos mediáticos y los algoritmos del subdesarrollo mental. La inteligencia artificial convoca a la muerte neuronal, a la desaparición del libre albedrío, a la atomización social y el derretimiento de las almas.
Las doctrinas nacidas al calor de las ideas fecundadas por los conceptos justicieros y soberanistas, han sido penetradas por el desapasionamiento y la división en decenas de entidades internas, en colisión permanente, como buscando sus autodestrucciones. La inmoralidad atraviesa todas las capas sociales, se introduce con relatos mentirosos en las neuronas abatidas de los militantes desanimados por sus dirigentes, se convierte en nudos imposibles de desatar. El viejo arte de convencer se ha transformado en un impiadoso sistema de lavado cerebral de la ciudadanía. La maquinaria propagandística de los nuevos gobernantes, repiten sus consignas vacías hasta la nausea, generando apatía y alejamiento de la herramientas de lucha que otrora se fomentaban con pasión. Todo mustio, todo incorrecto, todo desalmado, todo insolente, todo martirizante.
El Mundo se pudre desde adentro, provoca terremotos de injurias clasistas, explota en la cara de los que aún sostienen las banderas que se niegan a ofrendar a los enemigos de la humanidad. La verdad se muere bajo los escombros de los edificios de la libertad injuriada y las nuevas generaciones crecen sabedoras de sus destinos de esclavos de las falsías instaladas en los púlpitos de las castas de las nuevas religiones, nacidas para anular las voluntades y fabricar humanos sin humanidad alguna.
El coraje de los rebeldes desfallece en las puertas de los dirigentes vendidos al mejor postor. Libertario es ahora una mala palabra, convertida en eso por unos monigotes sin otra voluntad que la destrucción del sentido patriótico, de toda huella de nacionalismo, de cada pensamiento que abone esperanza popular en una sociedad más justa. No sirven ya los términos que convocaban a la sublevación contra la traición y la desidia de los apátridas. Se ha venido abajo la estructura de los pensamientos revolucionarios, con la exaltación del individualismo como paradigma de una sociedad sin posibilidades de desarrollo alguno.
Pisamos el estiércol de la injusticia de los juzgados oligárquicos, consumiendo leyes incumplidas o fabricando causas contra quienes se atreven a desafiar a los amos planetarios y sus acólitos locales. Queda poca cuerda en el mecanismo de la voluntad, el desánimo prevalece en las mayorías silenciadas por la vocinglería imperial, el poder real acumula cada vez más riquezas fabricadas a costa de vidas sin destino. La nobleza de las almas se desvanece en medio del caos premeditado por los que se creen propietarios del Planeta, transformando los sueños en pesadillas, los deseos en semillas quemadas y la cobardía en alimento de las mayorías silenciosas.
El relato ha ganado la batalla ante la realidad. Pero sólo por ahora...


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