Por Roberto Marra
La cobardía no es, necesariamente, una condición constante en las personas. Los individuos pueden asumir actitudes cobardes en determinadas circunstancias y no en otras. Pero justamente, es en la índole de la ocasión en que se muestre la falta de coraje cuando se puede determinar las razones que acobardan a la persona en cuestión. Es allí donde se verá lo subyacente detrás de sus actitudes medrosas o valientes, según el caso. Es a través de sus actos frente a determinados poderes o personajes donde se vislumbrarán sus capacidades y voluntades. Es en la confrontación con quienes poseen mayor poder de decisión cuando se ponen o no en juego esas condiciones humanas tan necesarias para modificar la correlación de fuerza con los circunstanciales antagonistas.
Estos personajes, poseyendo capacidades dirigenciales en determinados estamentos institucionales, no actúan de la misma manera ante unos u otros interlocutores. Por el contrario, se convierten en marionetas de poderes superiores a ellos, cuando éstos se manifiestan particularmente agresivos, asustados por las afectaciones que pudieran ejercer semejantes adversarios sobre sus intereses personales o de grupo.
En esa descripción entra el rector de la Universidad de Rosario, cuando corre presuroso a disculparse ante el gobierno que destruye esta y todas las universidades, además de la vida de los trabajadores, los jóvenes, los jubilados, las empresas, la ciencia, la tecnología y cuanta cosa importante para el desarrollo soberano exista. Es la cobardía en su más clara demostración, expuesta con transparencia para quien quiera verla. Es el miedo a perder privilegios de conducción institucional, frente a la necesidad de asumir actitudes demostrativas de la autonomía que proclama y no concreta.
La miserabilidad de señalar a personas que demuestran humanismo a través de actos donde se exponen las aberraciones soportadas por los palestinos, de las atrocidades de un régimen absolutista, voraz y genocida como el que conduce al Estado de Israel, convierte al Rector en un auténtico pelele del gobierno nacional, otro títere del imperio y del sionismo al que adscribe con fervor antipatriótico.
Saliendo con desesperación a pedir perdón a eso que los de su condición titiritesca denominan como “comunidad judía”, miente a sabiendas. La lucha contra el genocidio cometido por el estado de Israel, no representa una posición contra la religión judía, sino contra las bestialidades que los gobernantes de esa nación, inventada en un territorio invadido con tal propósito, están ejerciendo por décadas contra un pueblo avasallado y desterritorializado.
No es ignorancia, es miedo reverencial. No es “diversidad de opiniones”, como expresa en un comunicado, lo que busca. Es acallar las voces contrarias al statu quo que no quiere perder, ni como individuo ni como sector político. Un sector que ha caído tan bajo como se pueda imaginar, arrastrándose en el fango neoliberal para sostenerse en el privilegio de comandar espacios vacíos de la imprescindible rebeldía que debiera imperar ante semejante enajenación de la República que tanto nombran en sus discursos estos afanosos “demócratas” de oficinas cerradas al Pueblo.
“La UNR pregona y actúa en defensa irrestricta de la igualdad, la libertad, la democracia y la paz en el mundo”, dice este paquidermo universitario. Pobre de espíritu, insensible ante la realidad evidente que debiera afirmar su pulso ante lo que pretende descalificar, terminará como pasajero olvidado en la historia rica en luchas de esta UNR, que pretende hacerla suya y transformarla en un cascarón vacío de humanismo y raciocinio. Ni igualdad, ni libertad, ni democracia, y mucho menos paz es lo que propone. Sólo la miserable condición de esclavo ante un supra-poder que lo acobardó definitivamente.


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