martes, 5 de mayo de 2026

LA HORA DE LOS HECHOS

Por Roberto Marra

Como es lógico y esperable, todos necesitamos hacer la catarsis de reaccionar ante la crueldad, la injusticia y la falta de empatía que soportamos por parte de los hacedores de nuestras desgracias actuales. Los padecimientos precisan del auxilio de la palabra analítica para comprenderlos, elaborarlos y asumir las necesidades que nos demandan. Pero la descripción de la realidad, suele tornarse agobiante cuando sólo se hace eso frente a ella. La persistencia en explicarla, en desmenuzarla para comprenderla, aún con la utilidad que tiene, cuando se insiste en realizarlo, termina por anestesiar la voluntad de pararse ante esa realidad para confrontarla.

La cuestión pasa, en ese momento, al cómo hacerlo, al cómo pararse ante tanto agobio y profundización de los dolores personales y sociales que nos acarrean tantos despropósitos, presentados siempre como salvación ante supuestos “peligros” derivados de la existencia de presuntos personajes representantes de ideologías “populistas”, adversas a quienes nos atacan, nos lastiman, nos empujan al abismo de la desesperación y del abandono.

Cuentan con la ventaja que les da el poderío comunicacional y ahora, con la utilización de esos perversos sistemas que se nutren de la “inteligencia artificial” para intrusar nuestros pensamientos y, lo peor de todo, nuestros sentimientos. Se unen las perversiones personales de los dueños del Poder Real, con la elaborada a partir de esas herramientas utilizadas con precisión quirúrgica sobre nuestros sentidos.

A partir de semejante enemigo en “la nube”, la oposición a su maldad y sus propuestas transformadoras de nuestras sensaciones se vuelve mucho más compleja de elaborar. A la, de por sí, cobardía dirigencial ante los poderosos de siempre, se suma la des-inteligencia de no comprender la nueva realidad y, menos todavía, saber cómo confrontarla. Por lo que la reacción sigue una dimensión lineal y pasiva, atravesada por el miedo a perder sus privilegios, antes que a estudiar las nuevas complejidades que les demandan nuevas respuestas.

El problema que subyace detrás de estas inacciones cobardes y acobardantes, es que las masas siguen su derrotero como tales, sin encontrar un hilo que las conduzcan a realizarse como sociedad y sentirse Pueblo. Porque, lo querramos o no, los individuos integrantes de una sociedad desperdigada necesitan de una guía, una energía transformadora que los despierte de sus letargos provocados. Requieren de liderazgos, pero no de los inventados para someterlos nuevamente o para apaciguar sus reacciones ante tanta estulticia padecida, sino de los auténticos representantes de sus necesidades manifiestas, dispuestos a jugarse frente a los enmigos que nos oprimen.

Esos liderazgos deben, imprescindiblemente, nacer de la voluntad y el reconocimiento de esas masas desesperadas y dolientes, deben formar parte de ellas, deben sentirse representantes, pero no mandamases ególatras que sólo busquen notoriedades irrelevantes para las necesidades padecidas. De ahí que, aún cuando se trate de personajes reconocidos y de trayectorias políticas relevantes, deberán bajar al nivel de quienes demandan conducciones que interpreten a cabalidad el momento en el que deben asumir esos roles.

Ya no puede seguirse el lineamiento de la simple confrontación mediática pasiva. Ya no nos queda hilo en la madeja de la esperanza. Ya no contamos con una sociedad capaz de comprender lo que soportan, al límite de asumirse, muchos de sus integrantes, como “víctimas necesarias” para alcanzar quien sabe que estadío superior en sus propias capacidades financieras. Ya hemos pasado la raya de la incordura, el extremo de la aberración política más extrema, el final de un tiempo donde el hambre se sostiene como base de una sociedad empacada y embrutecida.

El horizonte se oscurece cada vez más. El infierno ya nos está quemando con sus horrores, mientras buscamos un cielo que se borronea a propósito con sus “inteligencias artificiales”, mientras los innobles “opositores” sólo se animan a gritar en legislaturas vacías de Pueblo, repletas de eunucos ideológicos y ladrones de voluntades populares.

Es hora de pasar a los hechos, convertir las catarsis individuales en colectivas y apropiarse de sus herramientas de odios infinitos, para elaborar el programa de una nueva historia y de los nuevos hombres y mujeres que les den sentido a la vida. Es eso, o rendirse para transformarnos en marionetas eternas, en medio del resplandor del final de la Patria que abandonamos en nombre del dios mercado.

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