viernes, 22 de mayo de 2026

LA ESTRUCTURA DEL HORROR

Por Roberto Marra

Cada día, a cada hora, los noticieros alardean de solidaridades falsificadas poniéndoles un micrófono delante de los que sufren las consecuencias del genocidio por goteo que padecemos. A cada instante, un nuevo video de pocos segundos reproduce obviedades con aires de descubrimiento del agua tibia. Todo el tiempo se bombardea la psiquis colectiva con sandeces regurgitadas por odiadores bien remunerados, aceptados pasivamente por la masa de inconscientes mal pagados en que se ha convertido a la población.

El desprecio como arma de destrucción de la solidaridad, la mentira como candado de la realidad, el enojo como efecto imprescindible para la incomprensión, el insulto como acto reflejo buscado para la profundización del individualismo. Los oídos se cierran a las verdades de a puño y se abren a la especulación morbosa de las irrealidades. Las bocas replican desaforadas los voceríos de los enemigos, multiplican la inmoralidad clonando la brutalidad hasta el infinito, denostan la ética más elemental como método imbécil de sentirse parte de lo que nunca les dejarán ser.

Reflejos de los restos de consciencias rotas suelen desatar espasmódicas dádivas a los miserabilizados por el sistema de horrores infinitos en el que habitamos sin otro destino que el de sobrevivir sólo para colaborar en el crecimiento de las fortunas de los afortunados. Son evidencias de que todavía somos algo de aquello que nos obligaron a dejar de ser, impulsando la maldad como metodología de disociación entre iguales y parecidos. Pero se detiene todo allí, a un paso de la rebelión contra lo que nos ata las manos y nos endurece el corazón.

Allá arriba, donde se suele decidir los destinos oprobiosos de las mayorías, donde el placer de los idiotas útiles que creen formar parte de un mundo de privilegios que les pertenece por derecho divino o condición social, ahí arriba se termina con los sueños prometidos, se derriban las esperanzas buenas, se obturan las renovaciones del aire viciado de la politiquería maloliente. Todo por el simple placer idiota de creerse parte de una estructura de poder que sólo representa a los dueños de un Poder Real que, de tanto en tanto, nos “permite” optar por males menores o mayores, en esos actos electoraleros plagados de mendacidades y exposiciones de promesas vanas.

Como si una mano invisible nos contuviera el alma, todo se frena al acercarnos a la verdad oculta. Todo se puede combatir, pero siempre dentro del sistema que impide que se lo cuestione. Cualquier cosa se podrá decir y hacer, pero nunca lo que signifique insubordinarse al monstruo sistémico que nos apabulla las mentes y nos oprime el bolsillo. Es la demolición de esa estructura lo que se trata de impedir, y se logra desde siempre.

Nada podrá reflejar mejor las necesidades imperiosas de los pueblos, sino la voluntad de derribar el sistema opresor que nos obtura la razón. Nadie podrá influir ciertamente sobre los deseos populares, sino aquellos que se atrevan a revolucionar el oscuro estado de las cosas. Nunca podremos levantar la cabeza ante la realidad, sino por medio de la toma de consciencia de nuestras escaseces y asumir la solidaridad como bandera. Y jamás habremos de poder trocar esta miseria obnubilante en Justicia Social, sino a través de la lucha abierta, frontal y despiadada contra los malditos constructores de una historia que nos imponen desde el decadente, genocida y ultrajante imperio que se está apoderando de nuestro futuro, casi sin oposición.

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