martes, 28 de abril de 2020

CRISIS Y CAMBIO

Imagen de "El Extremo Sur"
Por Roberto Marra
Esa vieja y repetida frase de que “toda crisis es una oportunidad”, cobra por estos días pandémicos nueva vigencia. Se leen y escuchan muchas opiniones al respecto, derivada de la situación generada en los ámbitos social, económico, financiero, productivo y hasta psicológico. Se citan esquemas de salidas que van desde lo revolucionario hasta el más profundo conservadurismo, en general sin el más importante de los datos a tener en cuenta para evaluar la aplicación de cualquier plan: las subjetividades de los receptores de la propuesta, es decir, el propio Pueblo argentino.
Es que la población de nuestro País o de cualquier otro, no es una masa compacta de pensamiento único, ni mucho menos. La historia a atravesado las conciencias ciudadanas de modo tal que ha pergeñado individuos, sectores, clases y castas tan diversas en sus intereses y objetivos como de compleja conjunción en un modo único de pensar el futuro, plagado de deseos desiguales, las más de las veces profundamente antagónicos.

De ahí que se ven como de difícil concreción las que, mirándolas con el lente de la soberanía política, de la independencia económica y la justicia social, resultan acciones indispensables para sentar las bases de un auténtico desarrollo sustentable, popular y democrático.
Propuestas de indudable valor concreto, pero también simbólico, como el dominio del sistema financiero por parte del Estado, el manejo de la producción agraria de manera planificada de acuerdo a los intereses generales y no solo del sector empresarial del “campo”, la administración de los servicios esenciales colocadas también en manos del Estado Nacional, la recuperación de las industrias básicas para poder direccionar la planificación productiva y el desarrollo de cada Región de nuestra Patria, entre otros rubros, hacen a la esencia de la creación de una Nación verdaderamente asentada en la solidez de unos cimientos que resulten impenetrables por el Poder Real, ese que se vanagloria de capacidades direccionadoras de las voluntades de todos los gobiernos, incluso de los que no son de su misma y putrefacta ideología.
Construir un sistema de relaciones sociales y productivas de tamaña complejidad, contando solo con la voluntad de una parte menor de los legisladores que tendrían que actuar para elaborar leyes que comiencen a concretar esos objetivos, es de poco probable éxito en lo inmediato. La voluntad de quienes conducen el Poder Ejecutivo, aun con sus máximas voluntades, no podrían enfrentar tampoco en soledad semejante desafío. Un Poder Judicial embarcado desde siempre en la defensa a ultranza de los intereses oligárquicos de donde provienen la mayoría de sus miembros más encumbrados, no parece ser un lugar desde donde comenzar tal imprescindible “aventura”.
No es lógico dejar de mencionar la participación activa del sistema mediático en la construcción de las subjetividades de quienes debieran ser los protagonistas esenciales de todo ese movimiento hacia un nuevo estadío nacional. La elaboración del “pensamiento único” es la perversa manera en que los individuos se han transformado en simples títeres manejados por el control remoto... del televisor. Sus obnubilaciones ideológicas se deben, en la mayoría de los casos, a la penetración de las ideas que los mantienen quietos por siempre, sosteniendo consignas incoherentes con sus propias necesidades y alejados de la virtud de la solidaridad como valor supremo de una sociedad tan fragmentada como atontada.
Galileo nos diría, sin embargo: “e pur si muove”. Porque los límites de la barbarie neoliberal hace rato que atravesaron la dignidad más elemental de los humanos que viven bajo sus premisas odiosas. Porque las prevenciones de los maquiavélicos productores del desfalco permanente y la muerte temprana de sus eternos “súbditos” sin reyes, por efecto de la aplicación de sus recetas del hambre planificado, ya resultan insoportables incluso para sus desclasados defensores. Porque los resultados mandan y son horrendos, asesinos de los humanos y del ambiente que degradan con sus obsesiones extractivistas de riquezas que pesan mucho más que el propio Planeta.
El agua está en ebullición y es hora de poner los alimentos en la olla de la transformación humanizante. Es tiempo de elaborar algo más que consignas sin estar dispuestos a construirlas. Es momento de tomar las decisiones más difíciles, donde participar no sea un mandato ajeno, sino el orgullo de ser parte del tiempo nuevo que se elabore por la decisión consciente de todos los que comprendan la realidad, sin el tamiz de los mentirosos rapaces y sus locutores de impostados cantos de sirenas.
Los cambios de época, para ser reales y modificar las bases de sustentación de la que ya demanda imperiosamente su fin, deben ser encabezadas y sostenidas por un Pueblo organizado, consciente de su responsabilidad histórica, protagonista de semejante modificación y actor principal en el manejo posterior de los resultados. Nada debe ser dejado al arbitrio del azar ni bajo la tutela de los supuestos “ilustrados” que aconsejen tales o cuales acciones, sospechosamente confluyentes con los dueños de un Poder que no resignará sus privilegios solo con exigírselos de “buenas maneras”.
¿Difícil? ¿Poco probable? Puede ser que así sea, pero nunca imposible. Nos empuja la historia degradada por sus “cuenteros” falsificadores de la realidad que la generó. Nos avala el valor de nuestros bienintencionados libertadores, traicionados por los que aún hoy nos dominan. Nos obligan los mártires caídos en batallas solidarias, aplastados por la bestialidad de las botas de los traidores a la Patria. Nos lo demandan los atravesados por las espadas de la miseria y el abandono, víctimas del desprecio inhumano de la sociedad, que mira para otro lado cuando no quiere hacerse cargo de sus culpas evidentes.
Cambiar es el verbo imprescindible, el robado por algún tiempo por los energúmenos ladrones de nuestras riquezas económicas y nuestras vergüenzas de Pueblo sometido. Cambiar la inacción por la mínima valentía de decir lo que se piensa. Cambiar la actitud oscura de mirar al otro como ajeno. Cambiar la suma de nuestros defectos por una sola virtud, la humanizante mirada solidaria, la generosa entrega de nuestras voluntades para la construcción de una vida nueva, donde no manden ya los negadores de nuestra dignidad, los que habrán de terminar en el infierno de nuestras repulsas y, sobre todo, en la miserable condición de ser polvo de una historia que nunca más les pertenezca.

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