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| Imagen Página12 |
Por Mario Goloboff *
En la Antigüedad, hacia el
siglo V antes de la Era Cristiana, la escuela de los Cínicos gozaba de
prestigio proclamando el abandono de los bienes terrenales para volver a la
naturaleza, la renuncia a toda propiedad, el rechazo de las convenciones; eran
gentes que expresaban opiniones chocantes para con las ideas recibidas o las
buenas costumbres enseñadas, vivían entre la suciedad y en las más bajas
condiciones, el abandono de todo cuidado exterior, una estética cercana a la de
la fealdad, todo ello por lo general con una intención provocativa y en aras de
una ética capaz de privarse de las comodidades y ni qué decir de las riquezas,
para pensar con libertad. Porque a pesar de comer en el ágora, tener relaciones
sexuales públicas, portar batón y bastón, adorar al pez masturbador como modelo
de inteligencia natural y venerar la secta del perro, aseguraban de Platón que
no podía servirles de guía puesto que se había pasado la vida reflexionando sin
inquietar jamás a nadie, y que el discurso de un filósofo debía, en cambio, ser
penetrado de una dulzura acre que pudiera morder las heridas humanas: “El perro
augura una manera incisiva de practicar la sabiduría”, sostenían.