lunes, 2 de septiembre de 2019

EL DESARROLLO OBSCENO

Por Roberto Marra
El salvajismo antipopular forma parte indisoluble del neoliberalismo que asola nuestra sociedad. Se expresa en cada acción de los gobiernos que adhieren a esa categoría del capitalismo exacerbado que vienen destruyendo cuanta conquista social se les ocurra, todo para avanzar como topadoras acumulando riquezas para los más ricos y aplastando a los más pobres contra los paredones de los “fusilamientos” con las armas del hambre y la miseria.
En medio de la debacle absoluta de quienes pretendieron hacerse de una Nación entera mediante la promoción del odio y la desmemoria, el robo sistematizado del producto del trabajo mayoritario para fugarlo todo a sus “paraísos fiscales” y la sinrazón de los ataques a los más importantes mecanismos de desarrollo virtuoso, emergieron oscuros “empresarios” aprovechadores de semejante relato de fantasías de futuros imposibles, para hacerse de lo que nunca pudieran haber logrado tener sin el consentimiento de los corruptos funcionarios de todos los niveles.
Es el caso de uno de los más conspicuos representantes, en Rosario, de ese método infalible para la dominación de un mercado específico, como es la oligopolización o la monopolización. Es quien se ha convertido en una especie de “zar” de la construcción, a quien, paradójicamente, le llaman “desarrollador”. Es alguien que lo único que ha desarrollado es su fortuna incalculable (y oculta), siempre basándose en la connivencia con el poder político local, fácil presa de los “vendehumos” que les prometen una ciudad parecida a Nueva York, solo alcanzable (según ellos) con edificios monstruosos por sus dimensiones, por los sitios donde se asientan y por los daños a la estructura urbana y social que producen.
Ahora surge a la luz un conflicto protagonizado por este personaje de las “finanzas constructoras”, tratando de imponer su poderío sobre un grupo de familias que habitan unas edificaciones que quiere apropiarse para otro de sus monumentales negocios inmobiliarios, siempre teñidos de alguna incoherencia con lo que debiera ser un sensato desarrollo urbano controlado por el Estado, único garante (es lo que debiera) del derecho a la Ciudad que nunca se aplica, salvo para los que más tienen.
Personas que habitan hace más de veinte años un edificio, debieran, según el energúmeno en cuestión, ser desalojados de allí para que él pueda ejercer su acción depredadora del derecho y elevar sus ostentosos bloques de cemento y cristal, para regocijo de sus bolsillos y llanto angustioso de sus víctimas. Con la prepotencia de los que se sienten superiores solo por acumulación de dinero, interpone acciones ante el Poder Judicial que, hasta ahora, ha respondido con una cordura extraña para ese tan lábil sector del Estado.
Pero no es cuestión de pensar que abandonará sus pretensiones apropiadoras este invasor de tierras ajenas. Como un topo, sabe socavar los cimientos de la dignidad urbana mediante el ejercicio extorsionante con el que suele asolar el Concejo Municipal, un lugar donde se han concertado verdaderas lapidaciones al futuro de nuestra Ciudad, con los levantamanos que siempre se ponen al servicio de los dueños del poder real, antes que a la realidad miserable de los habitantes que debieran ser sus representados.
El privilegio suele ganar las partidas con sus cartas marcadas por el abandono de las mayorías. Los gobernantes tienden a sostener a estos falsos “desarrolladores” con la eterna disculpa del futuro “derrame” de beneficios a los ciudadanos, mayoritariamente perdedores, habitantes de una Ciudad construída para la imagen, antes que para su libre uso.
La urbe, la manifestación palpable de la cultura ciudadana, está siendo arrasada, aplastada por edificios grotescos por sus tamaños y obscenos por sus destinos inhabitados. Mientras abajo, bien abajo, en los rincones más oscuros y olvidados, arrinconados por una pobreza que lastima las consciencias de los bien nacidos, sobreviven los que nunca sabrán de los lujos repugnantes conseguidos por este tipo de nefastos personajes, auténticos destructores de la ilusión de ser, de verdad, una gran Ciudad.

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