martes, 8 de enero de 2013

EL GRUPO DARÍN Y LA RECONCILIACIÓN NACIONAL

Por Demetrio Iramain*

Si no brinda conferencias de prensa es "soberbia y autoritaria"; si responde a las críticas que considera injustas o infundadas porque "individualiza". A la prensa hegemónica no hay nada que haga o deje de hacer la presidenta que le venga bien. Naturalmente, todo lo que hace un mandatario es materia opinable, pero ¿todo debe ser criticado simplemente porque lo hizo o lo dijo la presidenta? Es notable: a la carta de respuesta de Cristina Fernández de Kirchner a la irrespetuosa diatriba (¿o denuncia a la marchanta?) planteada por el actor Ricardo Darín, le dicen "crítica de la presidenta a Darín por dudar del origen de su patrimonio". La crítica, en todo caso, fue del actor, que empezó primero, y mereció la réplica de la gobernanta. Como si la mandataria que inviste el cargo más importante de la República no fuese tal cosa, sino, apenas, una vecina  interviniendo intempestivamente en una reunión de consorcio.
Según el sistema de sentidos creado unilateralmente por la prensa opositora, Darín puede sugerir despreocupadamente que el dinero del matrimonio Kirchner creció de modo irregular, pero la presidenta debe evitar responderle. Para el organigrama mediático que estipula lo que está bien y lo que está mal, si lo hiciera atentaría gravemente contra la libertad de expresión de un artista. Ricardo Darín tendrá un merecido Oscar en su curriculum vitae, pero la presidenta cuenta con un respaldo popular mayoritario, expresado en las urnas de la democracia, que debe honrar. ¿Por qué una mandataria revalidada en su cargo menos de un año y medio atrás, debe dejar pasar que un actor multipremiado, con mucha prensa, mimado por la crítica cinematográfica, le diga corrupta? Si lo hiciera, ¿no estaría defraudando la confianza y la responsabilidad depositadas en ella por la ciudadanía?
Darín puede decir cualquier cosa contra la presidenta porque es el mejor actor argentino. Los demás, apenas una cohorte de aplaudidores que viaja en avión presidencial al festival de cine de Mar del Plata. Fito Páez toca porque le pagan; Alfredo Casero es un auténtico artista porque no trabaja en el canal público. ¿Y la gente? La gente va a Plaza de Mayo a disfrutar del concierto de Charly García, no a festejar los 29 de democracia, menos que menos a escuchar el discurso de la presidenta. Hay, no obstante, un tramo de la respuesta de Cristina Fernández en su carta fechada en El Calafate, que, desafortunadamente, fue omitido en el tratamiento mediático que se le dio al tema. Es el referido a la "reconciliación". Dijo la presidenta: "Me interesa saber a qué se refiere. ¿A los juicios de lesa humanidad? Porque ha habido alguna jerarquía eclesiástica que se ha referido a terminar con los juicios por la memoria, verdad y justicia utilizando justamente el término ‘reconciliación’. O tal vez usted se refiera a que me reconcilie con quienes me desean la muerte, festejan la de Néstor o les gustaría destituirme. ¿No sería mejor pedir que cesen los insultos, las agresiones, los golpes a periodistas o la falta de respeto a la voluntad popular?"
Y sigue Cristina: "La palabra ‘reconciliación’ goza de múltiples acepciones. ¿Con quiénes deberíamos reconciliarnos? Porque créame, no estoy peleada con nadie, aunque sí es público y claro que existen diferencias de pensamiento con respecto a nuestro proyecto de país, políticas públicas, la memoria, verdad y justicia... y eso es vivir en un país democrático. No ponerse de acuerdo también es un derecho, como lo es resolver de acuerdo a la voluntad y responsabilidad que el voto popular le ha asignado a cada uno, sin la menor soberbia, simplemente con la responsabilidad que me otorga la Constitución Nacional".
Paradójico. Justo cuando el país asiste a una grosera operación de prensa que busca desprestigiar la política oficial en materia de Derechos Humanos, haciendo foco en el ministro de Justicia, los medios se saltean las precisiones de Cristina Fernández respecto de la "reconciliación". Raro.
Realmente, es mucho más edificante debatir socialmente, incluso a través de los soportes mediáticos, qué entendemos los argentinos por "reconciliación", que insistir en vano con una denuncia penal sobre la cual la Justicia ya se expidió hace años, con una pericia contable de por medio. ¿O acaso la Justicia es creíble y justa cuando emite una cautelar que dura entre 3 y 10 años, y lo es infinitamente menos cuando falla a favor de un gobernante que hizo de la lucha contra las corporaciones una consecuente política de Estado? La presidenta respondía a la siguiente afirmación de Ricardo Darín: "Desde afuera se ve que estamos en el fondo del mar. Yo quiero que le vaya (a Cristina) como los dioses. Yo quiero que timonee, que convoque, que baje la adrenalina, que llame a una reconciliación. ¿Cómo puede ser que entre la gente común haya amigos que no se dirigen la palabra? ¿Sabés hace cuánto que no pasaba eso?"
Sí lo sabemos, Darín: desde el primer peronismo, con un intervalo en la década del setenta, que "no pasaba eso". Aquellos fueron los años de mayor ofensiva popular. Cuando los pueblos avanzan, se organizan, conquistan derechos, alcanzan puestos relevantes en la institucionalidad del Estado (por ejemplo el gobierno y las mayorías parlamentarias, aunque infinitamente menos en el Poder Judicial), los históricos ganadores del capitalismo ven en riesgo la supremacía de sus intereses. Es entonces cuando afirman que se terminó la concordia. Apelan al miedo. Agitan fantasmas. Dicen "se viene el zurdaje". La reconciliación es para ellos un tiempo impreciso, de duración variable, sin densidad histórica, de quietud social y calma en las grandes pujas intraclases, que pone en el freezer la historia y a resguardo de las clases acomodas los inevitables cambios sociohistóricos que más temprano que nunca han de sobrevenir.
Si así ocurriera por siempre, la civilización humana no tendría historia, sino, apenas, una sumatoria de siglos, todos iguales entre sí, o muy parecidos. La década del noventa es, para ellos, la síntesis de la "reconciliación". El ansiado "fin de la historia". La clausura para siempre de las ideologías, ese lastre de las sociedades del conflicto, siempre en estado latente de revolución. El "jubileo" que reclamaba ligera e insistentemente la jerarquía eclesiástica. No en vano los indultos a los genocidas, el "vamos por todo" de la impunidad iniciada por Alfonsín, el desmantelamiento del Estado en sus funciones económicas estratégicas, y la asunción del mercado como el gran (des)organizador social. Always.

*Publicado en Tiempo Argentino

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