jueves, 10 de marzo de 2022

HONRAR LA DEUDA

Por Roberto Marra

Con el tema de la deuda externa argentina, pasa lo acostumbrado en estos tiempos de dominación casi absoluta de los medios de comunicación por algunos pocos grupos económicos: lo que se dice, la forma en que se analiza, las pertenencias ideológicas de quienes participan en esos análisis, hablan de la instalación de un imaginario social, determinado por los intereses de esos actores fundamentales (socios y parte misma del Poder Real) para la concepción de un fatalismo histórico insalvable.

Por ahí es que aparece, entonces, ese concepto de “honrar la deuda”, caballito de batalla de cuanto funcionario gubernamental involucrado en el tema, de la mayoría de los opositores, de periodistas y “sabiondos” de paneles de supuestos “análisis” de poca monta y mucha verborragia, de opinólogos de redes sociales y charlas de cafés. Todo y todos, convenciendo a los desinformados (o peor, malinformados a propósito) miembros de la parte mayoritaria de la población, que se ve forzada antes a buscar de donde obtener la manera de sobrevivir con sus bajos salarios o sobrellevar la miseria obligatoria, que no los honra, precisamente.

¿Hay que “respetar” una deuda de claro orígen espúrio y peores destinos manifiestos? ¿Hay que “apreciar” ese débito a nuestro desarrollo? ¿Tenemos que “premiar” a sus autores con la aceptación de una honorabilidad imposible? Está claro que las respuestas a todos estos interrogantes son, obviamente, negativas. Como también es cierto que, muchas veces, las coyunturas económicas, financieras, sociales, políticas y geopolíticas, llevan a determinar posturas pragmáticas que se alejan de las bases ideológicas fundacionales del movimiento al que pertenece quien las lleva adelante.

Sin embargo, el determinismo fatal no debiera ganar tan fácilmente esta batalla con el Poder concentrado, regodeado en su dominio financiero mundial y extorsionador de gobiernos que no se atreven a otra cosa que a “honrar la deuda (externa)”. Razones y disculpas, las hay, razonables algunas, deplorables otras, pero necesariamente estudiables todas. La cuestión debiera pasar, tal vez, por posicionarse en un determinado lugar desde donde analizar esta vergonzante deuda. Ubicarse junto a quienes han sido (siempre) los sometidos a las peores consecuencias de estas ataduras financieras inmorales. Sentarse al lado de los nadies, de los padecientes, de los ninguneados eternos, de los olvidados de la historia escrita en los arreglos a escondidas con un Fondo, invariablemente, sin fondo.

Imposible que, ubicados en ese lugar, los análisis pudieran tener los mismos resultados que haciéndolo al lado de los jerarcas de ese organismo envilecedor de sociedades y sometedor de gobiernos débiles. Alcanzar un resultado positivo sólo debiera considerarse el sentar las bases para la dignificación de esos millones de sometidos al arbitrio de unos pocos ganadores que, encima, les arrojan a sus espaldas el oprobioso peso de la carga de la deshonestidad convertida en fugas de capitales y vaciamiento del Estado.

La simplona manifestación mediática de una vana disputa de algún artículo de una ley redactada a escondidas, en esos secretos lugares donde los poderosos son los que obligan y los gobiernos desesperanzadores aceptan, no puede tapar lo que cualquiera con mínima memoria sabe que sucederá después de transcurrido algún tiempo. No se trata de oponerse a los “acuerdos”, sólo por hacerlo y parecer “revolucionario”. Más bien debiera ser una actitud de búsqueda de dignificación del Pueblo mil veces esquilmado, de saber ponerse en la piel del que, en realidad, pagará esta deuda, que no será el gran financista, ni el empresario exitoso, ni el ministro delegado para esa ficción discursiva de supuestas discusiones que tienen el final establecido de antemano.

Es lo que se pudo”, dirán desde el oficialismo. “Lo hubiéramos hecho en cinco minutos”, no se cansan de recitar desde las huestes opositoras. “Hay que romper con el FMI”, gritarán los más exaltados voluntaristas. La cuestión es que los productores de este desfalco histórico, de este latrocinio recurrente, de este genocidio por goteo, no parecen preocupados por alguna investigación judicial, ni por sus manejos financieros, ni por sus estafas sociales, ni por sus fortunas mal habidas escondidas en guaridas fiscales. Dueños del poder judicial, de los medios hegemónicos de comunicación, de los principales sectores de la producción agraria e industrial, pasarán sin penas (y hasta con gloria) sus vidas robadas a millones de empobrecidos por sus exclusivas culpas.

Mientras tanto, de este lado de la vida, en este lugar de la historia y con la memoria maltrecha, navegan millones de prisioneros de un destino falsificado, rumbo a un puerto negado, desplegando las velas de una esperanza muerta de antemano, rasguñada por los malditos hacedores de deudas que nos obligan a “honrar”, con la complicidad de nuestros supuestos defensores.

No hay comentarios:

Publicar un comentario