lunes, 8 de noviembre de 2010

ES EL SUJETO, ESTÚPIDO

Por Miguel Russo*

Hay algunas pautas sobre las que deberán reflexionar muchos de aquellos analistas apresurados que salieron –tenedor y cuchillo en ristre– a mostrar los dientes luego de la muerte de Néstor Kirchner. O, mejor dicho, luego de ese hecho absurdo que, suponían, les ofrecía el poder en un deslumbrante banquete para pocos iniciados.
Arreados por los canales de televisión, las radios y los medios gráficos que servían la mesa, se lanzaron a especular y a hacer una futurología que mostraba una sorprendente afinidad con el aforismo berreta de oblea colocada arriba del timbre de los colectivos. A eso, muy sueltos de cuerpo, los medios instigadores y los diletantes instigados, lo llamaron “pensar el país”.

No comprendieron que, mal que les pese, como émulos de Fukuyama & Co. –zarandeadores profesionales desde hace tanto del fin de las ideologías–, todavía sirven las afirmaciones de algunos baluartes que dejaron su sello a lo largo de la historia de la filosofía política. Una: la que señala que toda formación económica, política y social que se basa en la propiedad privada sobre los medios de producción, hace surgir y desarrollar de manera incesante toda clase de contradicciones. Otra: la que sostiene que sólo cuando se conjugan las condiciones objetivas y subjetivas se logran vencer esas contradicciones. La Argentina, por supuesto, no escapó ni escapa a ninguna de estas dos premisas. Más aún, las vivió por separado, pagando caras las consecuencias de no poder hacer coincidir unas con otras. Retrasando durante décadas el momento de la justicia y de la igualdad que garantizaran un progreso para todos, por la ausencia de ese maridaje esencial.

Creyendo que la solidez se hace de polvo, reflotaron sus fantasmas siempre a mano de los ’70, compararon manzanas con peras, 2010 con 1974, vigor con camiseta sucia. Cristina con Isabel. Compararon esta sociedad que acompaña, que pide, que busca, que quiere, que –para decirlo todo– se transforma en sujeto histórico social, con aquella que asistía atónita al desgobierno que la entregaba atada de pies y manos a la dictadura más salvaje de la historia nacional.

Condiciones objetivas, condiciones subjetivas. Nada de eso quisieron ver en los sucesos del 27, 28, 29 de octubre. Nada de eso saben ver todavía. Pidieron rectificación cuando el Gobierno y la sociedad saben que la cuestión es ratificar. Insistieron con la fragilidad de Cristina aún después de un discurso que no dejó lugar a dudas en diferenciar dificultad de dolor. Se negaron a escuchar cuando fueron a buscar debilidades en la planta Santa Isabel de Renault y Cristina les respondió desde el Cordobazo. Siguen sin querer comprender lo que ocurrió y lo que ocurre cuando reclaman que la Presidenta se haga cargo del Gobierno. No pueden ni quieren admitir que desde hace tres años Cristina “es” el Gobierno, un gobierno que continúa con un proyecto político que arrancó, para todo el país, en 2003. No pueden ni quieren admitir que las muestras de la sociedad (las condiciones subjetivas) significan justamente eso: estar ahí, decirle a la Presidenta y decirse a sí mismos, apoyar, continuar. No pueden ni quieren admitir que lo hecho por Cristina durante esos días –escuchar todos y cada uno de esos mensajes, todas y cada una de esas palabras, todas y cada una de esas historias de dignidad– fue una decisión tan humana como política, tan personal como social.

Comunión, se llama, pero hay quienes insisten en no darse cuenta.

Por eso, por no darse cuenta, por apresurarse en sus análisis desmañados, comienzan a ver cómo caen las ilusiones para un 2011 que, hoy, tienen la certeza de que no los incluye. Por eso el PJ disidente estalla ante la negativa de Felipe Solá y Mario Das Neves de hacer la venia a los dictados de Héctor Magnetto y ante el gran escape silencioso protagonizado por Carlos Reutemann (que eligió, ¿eligió?, no salir en la estampita). Por eso, el asesor de imagen ecuatoriano Jaime Durán Barba, le recomendó al doblemente procesado Mauricio Macri que se ponga a pensar seriamente en resignar sus aspiraciones presidenciales y se refugie en su coto de Jefe de gobierno porteño para seguir aspirando a algo en los próximos años. Por eso derrapan, pecando de un elementalismo que se paga caro en política, Margarita Stolbizer y Ricardo Alfonsín con sus apreciaciones. Por eso Julio Cobos insiste con aferrarse a su eterna cara de “yo no fui” y sigue siendo Julio Cobos, el de los votos no positivos, el de los desempates de espaldas a la historia.

El 27 de octubre de 2010 fue un día doloroso para el país. Pero también fue un día de parto, un día que señaló que las condiciones objetivas se habían reunido con las subjetivas. Un día que, ante esa coyuntura, señala que la única actitud a seguir con dignidad, es crecer. A contramano de los cultores del desconsuelo, la sociedad, tomando su rol de sujeto histórico activo, lo entendió y lo puso en práctica.

*Publicado en Miradas al Sur

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