lunes, 2 de noviembre de 2026

DE ESPEJITOS Y PANTALLAS

Por Roberto Marra

A lo largo del tiempo, la humanidad ha desarrollado creencias que intentan suplantar a la realidad, para soportarla cuando no se logra encontrar respuestas que la puedan transformar. Soportar implica no luchar para que deje de suceder, sino aguantar los daños antes que intentar evitarlos, semejante a un respirador artificial que sólo le deje continuar con el hilo de vida que los autores de esa fatídica realidad necesitan para seguir esquilmándola. El miedo es el constructor fundamental de esa red de contención de las rebeliones, es la fuente donde abrevan las disculpas por la paralización de las luchas, es el alimento del intelecto que reproduce las flaquezas espirituales y deviene en parálisis de la acción.

Es entonces que sobrevienen los captores de los destellos de sublevación, los cazadores de las voluntades que despiertan ante lo insoportable, para terminar desviándolas hacia las conveniencias de los ilusionistas que fabrican verdades mediatizadas como únicas. Y las explicaciones sobre los sucesos y sus causas, pasan a convertirse en amortiguadores del descubrimiento popular de sus capacidades, retardando o anulando la comprensión del valor de los métodos rebeldes, mediante explicaciones que le otorgan preeminencia a las herramientas tecnológicas por sobre los movimientos de las masas concientizadas.

En tiempos donde se promueve el reemplazo de personas por robots para las tareas más complejas, pero también de las más sencillas, todo parece estar dirigido a suplantar la realidad con esa “inteligencia artificial” con las que nos llenan las pantallas y los algoritmos de las redes atrapantes de obnubilados. Y florecen, como hongos tras las lluvias, los “analistas” que explican las rebeliones por la existencia de algo “superior” a los pueblos sublevados, algo que transforman en otro fetiche reemplazante de las voluntades populares, otro “dios” empaquetado en el imperio fantasmagórico que sobrevive con la sangre de los excluidos del Planeta al que intentan destruir a como dé lugar.

La canalla mediática hace su labor explicativa de realidades parecidas a la verdad, pero que no lo son. Se convencen muchos líderes de la importancia de las herramientas tecnológicas antes que de las calles sublevadas. Se asimilan por grandes sectores sociales esas maniqueas puntualizaciones anulantes de sus fuerzas reales, elevando otra creencia al pedestal de la ignorancia satisfactoria y postergando el futuro hasta la próxima mentira desarmante de afanes populares.

Las elecciones donde se elige muy poco y se opta muy mucho, ganan la partida de la disputa por el poder político, tornando juego a la expresión popular por excelencia, dentro de esa “democracia” cuyo origen semántico ya no se tiene en cuenta. Los propietarios de todas las cosas materiales, se adueñan también de las inmateriales, se apropian de las voluntades espirituales y retuercen la realidad hasta extraerle el jugo de la brutalidad, con la alquimia perversa de las palabras que reemplazan las evidencias.

Se mueren las ilusiones, se trasladan a un futuro demasiado lejano las felicidades que nos corresponden como humanos, se impulsa a arremeter con furia contra quienes nos señalan las verdades de a puño, se provocan rencillas con pasiones idiotas por disputas sin destino de victoria alguna, para terminar en el plato de la codicia de los poderosos señores de la ignorancia masiva. La vida como moneda de cambio para adquirir el mendrugo cotidiano de la sobrevida, mientras unos pocos genocidas y unos cuantos hipócritas gritan sus mentiras tecnológicas para ofrecerlas como aquellos espejitos de colores con que comenzó el engaño del que hoy formamos parte, como títeres del oscuro infierno de pantallas coloreadas con la sangre de los engañados.

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