Por Roberto Marra
“Tierra de la fantasía” es una denominación muchas veces utilizada en la literatura, sobre todo orientada al público infantil. Es donde suceden hechos descriptos como fabulosos, sobrenaturales, mágicos. Es donde se corporizan los sueños, se visualizan los deseos, se transforman las capacidades cognitivas, se adquieren superpoderes. Casi una descripción de la Argentina actual...
El problema es que, en nuestro tiempo real, en nuestras vivencias sensoriales, lo fabuloso deriva en pavoroso, lo sobrenatural se transforma en desquicio, la magia se hace negra. Lo que se corporizan son las pesadillas, los deseos se cambian por caprichos, el conocimiento se anula y los poderes de los poderosos se multiplican.
Son tiempos de aversiones, de enconos sin sustentos, de odios antojadizos, de rencores sin pasado, de hostilidades permanentes, de repugnancias vomitivas, de resentimientos inventados, de vocaciones insolidarias y de fobias contra la realidad. Son apuros temporales para llegar a ningún lado. Son robos desalmados de las vidas de quienes recién se asoman a ellas. Son futuros oscurecidos por maldades perversas, para el despojo a los sometidos. Son manifestaciones truculentas de los embrutecidos, para defender su derecho a que los asesinen cada día.
En medio de semejante desvarío cósmico, permanece todavía encendido el resplandor de un pensamiento que no se resigna a ser vencido del todo. Aún con tal condición de brutalidad de los enemigos eternos de los pueblos, surgen cada tanto llamaradas de deseos que no son mágicos, ni fabulosos, ni sobrenaturales. Son los vestigios de un pasado que se niega a disolverse en el magma de la mentira programada, que se solidifica en las neuronas que se salvan de la cooptación de los poderosos mediáticos, que se aislan de la bestialidad en la que pretenden subsumirnos.
El enemigo es gigante, como en un cuento infantil. Es brutal y despiadado, como las brujas de los relatos pueriles. Es un antagonista irracional en sus acciones, pero cuidadoso en la elaboración de sus mendacidades conducentes a la muerte cotidiana. Nos sumerge en fantasías economicistas, en aventuras financieras, en desplantes politiqueros, con lo que distraen la atención de los objetivos que importan de verdad. Nos quita la vida todo el tiempo, aún cuando sigamos respirando. Nos alimenta de desesperanza, mientras impide que accedamos a la comida que nos nutra el cerebro y nos provea de fuerzas y futuros.
Pende siempre sobre nosotros una amenaza repetida a lo largo de los tiempos: el fin de la humanidad, el acabose definitivo, el tiempo del nunca más. Las guerras se multiplican, las armas se autocontrolan, las botones rojos tienen dedos demasiado cercanos. El miedo juega a favor de los cobardes con iniciativa, o para los ignorantes fabricados a medida de los deseos que siempre se cumplen: los de los dueños del Planeta.
La hora requiere de corajes y trascendencias. Los tiempos y las circunstancias necesitan de alivios basados en esperanzas ciertas. La política urge de cambios estructurales, de modificaciones metodológicas, de renovaciones auténticas. El paso hacia una nueva vida, precisa de valientes, no de kamikazes. Los pueblos están careciendo de alimentos estomacales, pero también ideológicos. Se hace imprescindible encontrar caminos ciertos, voluntades intrépidas, sabidurías con agallas, para volver a caminar por los senderos borroneados por la brutalidad y la perversión.
Acaba el momento de la pulsión suicida de los sometidos, culminan las horas de la espera inútil de los cambios de caretas, se hacen líquidas las promesas insensibles de venturas imposibles. Es tiempo de programar la vida, de retornar a los valores barridos debajo de la alfombra de las desgracias. Es hora de elaborar salidas, de proponer realidades populares, de movilizar los cuerpos y las almas para acabar con el infierno tan temido.


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