Por Roberto Marra
Los psicópatas perversos se caracterizan por una falta absoluta de empatía y remordimiento, utilizan la manipulación, el engaño y la destrucción emocional o física para obtener placer del sufrimiento ajeno. Son calculadores, narcisistas y buscan el control absoluto. Sus actos están orientados a la búsqueda de poder o superioridad. Están integrados socialmente pero, a diferencia de los psicóticos, no han perdido el contacto con la realidad, sino que la invierten a su favor.
Esta caracterización psicológica, como cualquier persona medianamente entendedora habrá deducido, corresponde al personaje que fuera elegido por una mayoría notable de la ciudadanía argentina para el rol de presidente de la Nación en 2023. En base a esas características podemos entender las razones de la persistencia de su influencia en la sociedad, las cuales se re-potencian con la ayuda de los medios de comunicación masivos, como parte de las estrategias de los auténticos dueños del Poder que sostiene a semejante engendro antisocial para conducir “los destinos del País”, frase grandilocuente usada con tanta frecuencia por esos asesinos de la realidad.
Sus presentaciones públicas ante el Congreso Nacional son la expresión más notable de sus características psiquicas. Cualquier desprevenido ha podido observar que actúa con total desprendimiento de relación empática con nadie, que no se nota compunción alguna por sus actos aberrantes para con los más débiles de la sociedad, que goza tratando de destruir emocionalmente al adversario y que su único interés reside en demostrar una superioridad que no tiene realmente, pero que la grita ante todos, salvo ante sus admirados titiriteros del poder real.
Pero lo verdaderamente relevante de todo ese andamiaje de prepotencias baratas y bravuconadas de guapo de ferretería, es la actitud de los “opositores” a su gobierno. Como si fueran ignorantes de la condición de psicópata perverso que expone a cada paso y con cada gesto o palabra, los actos opositores son como la nafta al fuego: alimentan aún más su condición antisocial, construyendo una “escalera al cielo” de la dominación absoluta sobre la parte de la sociedad que lo ha venido sosteniendo.
Frente a un discurso enfermo y distópico, frente a la brutalidad de los hechos soportados por la población y a la bestialidad de las palabras emitidas por el personaje en cuestión, los congresistas opositores creen conveniente gritarle sus oposiciones a viva voz. Este simple supuesto acto de “rebeldía” opositora, resulta ser el mejor abono para que crezca la voracidad narcisista del discursero, agrandando su elocuencia manipuladora de las consciencias de los ciudadanos, enredando a la audiencia de semejante acto de la anti-política en una trama de horrores semánticos y certezas fastuosas, las necesarias para que las mayorías apabulladas por la pobreza material, pero más por la moral, redoble sus apuestas por este oscuro y maloliente enemigo del raciocinio y la verdad.
Nada pone más en peligro a un psicópata perverso y narcisista, que ignorarlo. Nada le produce mayor daño que no tratarlo, que no contradecirlo ni asentir sus dichos. Nada posibilita más combatir sus acciones dañinas, que plantear alternativas sin tenerlo en cuenta como referencia de lo malo que él haya hecho o proponga. Su inversión de la realidad debe ser combatida con la realidad transparentada por palabras sencillas, que provoquen sentimientos que hagan posible reconocer las fantasías delirantes presentadas como única verdad, como simples elucubraciones que mienten beneficios imposibles derivadas de acciones contrarias a la condición humana.
Oponerse no es un acto simple. Jugar en contra de enemigos tan peligrosos para la sociedad, no es para discurseros de ocasión ni gritones de bancadas aplaudidoras de falsas rebeliones. Empezar a quitarle poder a quien cree que lo tiene en lo absoluto, no es una acción sencilla ni individual. Se trata de influir en la construcción de otro rumbo, con mensajes dirigidos al Pueblo, no al psicópata de turno. Se trata de elaborar un discurso unificado, concreto y definitivamente amalgamado con los deseos más profundos de la sociedad. Esos que, aunque aplastados por la perversión del manipulador eventual que nos ha sobrevenido por culpas ajenas y responsabilidades propias, todavía germina en los corazones de un Pueblo que sabrá, más temprano que tarde, distinguirlos de las brutalidades genocidas de quien nunca debió llegar a ser lo que es.


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