jueves, 15 de junio de 2017

LA DISCAPACIDAD DE LOS PODEROSOS

Imagen de La Primera Piedra
Por Roberto Marra

Cuando hablamos de “discapacidad”, generalmente la entendemos como la limitación de alguna función física, mental, intelectual o sensorial, que afecta a un individuo en su relación con el resto de la sociedad. Cuando decimos “incapacidad”, manifestamos la falta absoluta de esas capacidades o funciones.
No se ve, en esas definiciones, una posible carencia fundamental. Una disminución o inexistencia que puede provocar tanto daño, o más, que toda otra discapacidad o incapacidad, pero no a la persona que la manifiesta, sino a quienes dependen de ella. Es la que remite al alma, esa palabra que simboliza, en general, el principio que cimienta nuestra condición de mejores seres humanos.
Esa incapacidad espiritual se manifiesta a medida que las personas se alejan de los más básicos principios que debieran regir la convivencia en una sociedad. Se transforma en la manifestación más clara de un conjunto de desvalorizaciones hacia sus congéneres por parte de estos ineptos sociales que, lejos de provocar sentimientos de tristeza o dolor por ellos, se traduce en enconos o resentimientos que sus actitudes y acciones provocan en el resto de la sociedad.
Estos personajes, cuando ocupan poderes administrativos dentro del Estado, se asumen también como superiores al resto de los ciudadanos, que estarán ahora dependiendo de sus decisiones desalmadas y, por consecuencia, perversas. Tampoco resulta casual que, en la abrumadora mayoría de los casos, a medida que aumenta el poder económico de los individuos por sobre los demás, se acentúa la perdida de esa capacidad humana básica del alma.
Así estamos ahora, en manos de esos individuos incapacitados de almas, pero sagaces constructores de paradigmas, tan falsos como efectivos generadores de discapacidades espirituales en las masas, convencidas a fuerza de tramposos mensajes de otros desalmados asociados, que son quienes comandan los medios de comunicación.
El cóctel repugnante de pobreza y decadencia social está servido. La runfla de mafiosos empoderados por sus propias víctimas, asumen la quita de derechos como necesidad imprescindible para sus desalmados propósitos de acumulación de fortunas y poder. Arrastradas hacia la miseria por estos perversos sin esencia humana, millones de personas, sin importar sus capacidades físicas o intelectuales, sin embargo, tarde o temprano descubrirán que son invencibles cuando asuman el poder que les da la capacidad que sus enemigos no tienen: el alma.

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