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| Imagen hoylosangeles.com |
Por Esteban De Gori*
“Jesse entro al auto, se sentó cerca de su padre. (…) Su madre entro y
cerró la puerta y el auto echó a andar. Solo entonces pregunto: ¿Adónde vamos?
¿Vamos de pic nic?
-Aja –dijo su padre-, vamos de picnic.
-¿De verdad? –Pregunto él después de un rato-, ¿Vamos a ver a ese niche malo,
el que tumbo a la vieja miss Standish?
-Bueno, eso espero –dijo su madre-.
Ahora veía la hoguera de ramas y cajas en una gran pila, las llamas eran de
color naranja pálido y amarillas y finas como un velo bajo la firme luz del
sol, un humo azul grisoso se levantaba y caía sobre sus cabezas. Del otro lado,
de la cortina de humo y de fuego parpadeante, diviso primero un tramo de cadena
fulgurante atada por un extremo a la gruesa rama de un árbol. Entonces vio la
cabeza pasuda, sudorosa, ensangrentada; nunca antes había visto una cabeza con
tanto pelo, con pelo tan negro y tan enmarañado.
Volvió un tanto la cabeza y vio un mar de caras. Se quedó mirando la de su
madre. Sus ojos brillaban, tenía la boca abierta: nunca la había visto tan
bella ni tan extraña. Y empezó a sentir una alegría que nunca antes había
sentido…
Entonces el tumulto se precipitó hacia adelante, desgarrando aquel cuerpo con sus
manos, con cuchillos, con rocas, con piedras, aullando y maldiciendo.
-Bueno, como te dije –dijo su padre-, jamás olvidarás este picnic.”
Fragmentos de “Vamos al encuentro del
hombre” de James Baldwin