miércoles, 27 de febrero de 2013

DEBEMOS ESTAR (EN LO VIRTUAL Y LO REAL)

Imagen de beautifulqueenstar.mex.tl
Por Javier Couso*

La irrupción de los medios alternativos y las redes sociales consecuencia de la popularización de la red de redes ha traido nuevas formas de comunicar y de organizarse. La mayoría somos conscientes del terremoto que ha supuesto en todos los ámbitos de la vida la revolución cibernética. Si antes el impacto era evidente en el uso militar, industrial, aeroespacial, ciéntifico, etc… nada ha sido igual después de la masificación lograda con el acceso barato a las redes y a los dispositivos de alta tecnología.
Siempre hay que tener en cuenta que esa popularización no se hace desde una óptica liberadora sino con una lógica de mercado que busca abrir nuevos nichos de consumo y de manera subyacente, de control social.
Dejando a un lado los objetivos espurios, el hecho es que la implantación casi global de la comunicación digital y el surgimiento de las populares redes sociales abre un novedoso espacio con grandes repercusiones que afectan, entre otras, a la comunicación política y la información en general, es decir a la creación de opinión.
Que en el terreno militar es hoy una prioridad para gobiernos de cualquier signo es algo que queda fuera de toda duda cuando sabemos que Estados Unidos crea un poderoso Comando del Ciberespacio dependiente del Ejército del Aire y comandado por un General de cuatro estrellas o cuando países de América Latina como Brasil desarrollan por medio de su industria nacional el Simulador Nacional de Operaciones Cibernéticas (SIMOC) destinado a entrenar a sus fuerzas armadas en la guerra de red.
Y si en la guerra todo lo cibernetico es importante, incluidas las redes, como no será extraordinariamente importante para la comunicación política, que no es más que la guerra ideológica por otros medios, dicho sea parafraseando el famoso axioma de Clausewitz.
Como en todo proceso revolucionario, los cambios bruscos afectan positiva y negativamente, además de producir un intenso debate entre detractores y adherentes, algo a lo que la izquierda, por desgracia, se apunta con beligerancia y con equipos enfrentados en uno y otro bando.
Si abordamos los aspectos negativos podemos señalar, entre otros, la tecnofilia, la dependencia, y la ciberpercepción irreal:
-Tecnofilia: surgida como parte de la cultura del consumo de masas y asociada a un estatus económico o a una construída imagen de modernidad que atrapa a muchas personas que veneran la tecnología como si de una nueva religión se tratase, donde todo lo tecnológico es bueno y por medio de su uso se puede lograr cualquier cosa.
-Dependencia: la manera de relación que propicia el mundo virtual unido a ese simbolismo atribuido a la cibertecnología crean no pocas veces sujetos o comunidades que no entienden otra manera de actuar que no sea la que se produce a través de las redes.
-Irrealidad: como consecuencia de todo lo anterior se puede caer en una falsa imagen de la vida vehiculada a través de lo virtual que crea una ilusión sustitutiva de la propia realidad que deforma las relaciones interpersonales.
Resumiendo; en su aspecto negativo las tecnologías asociadas a las redes pueden conducir a la creencia de que solo importa lo que discurre por las autopistas de datos, dándole una entidad de fin y no de medio, con lo que una herramienta poderosísima es convertida en un lastre y en un problema.
Pero no todo son aspectos negativos y frente a lo que pregonan los apocalípticos ludistas antitecnológicos nos encontramos con aspectos que redimensionan nuestro quehacer de lucha y entre los que podríamos destacar la inmediatez, el alcance, la socialización, la difusión y la incidencia:
-Inmediatez: Posibilidad barata y accesible para compartir y enviar información en tiempo real.
-Alcance: En principio, consigue romper las distancias acercándonos los unos a los otros.
-Coordinación: Permite la coordinación de grupos alejados geográficamente.
-Socialización: Su uso pone al alcance de muchos, información que antes era de difícil acceso.
-Difusión: Alcance comunicativo a segmentos de población que los medios tradicionales impedían.
-Incidencia: Capacidad de lograr impacto real a través del uso político de redes y ciberherramientas.
Es en esta última cuestión, la incidencia, donde debemos centrarnos, pues es el objetivo de la comunicación política: incidir en la realidad para cambiarla.
A pesar de la euforia inicial por algunos resultados en el uso de redes como Facebook y sobre todo Twitter, debemos ser conscientes del alcance real que tienen sobre el conjunto de la sociedad. Según la encuesta postelectoral del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de 2011 los usuarios de Twitter en España representan un 8% de la población mayor de edad, mientras Facebook tendría un alcance cercano al 30%. Resumiendo, Facebook tiene un uso más amplio y variado de diferentes estratos sociales mientras que Twitter cuenta con usuarios mayoritariamente de izquierda, jóvenes y con cualificación cultural.
Tener presente estos datos nos ayuda a no sobredimensionar estos medios en el momento actual, pero teniendo presente que la tendencia en el futuro cercano es que la gente joven se informe casi exclusivamente por Internet y las redes sociales. Con lo cual, para el día de mañana, posicionarse hoy en el ciberespacio tendrán una importancia capital en el ámbito de la información y la creación de opinión que afectará de una manera determinate a la confrontación social definiendo su dirección.
Estos datos son reveladores acerca del efecto multiplicador de estas herramientas, pues Twitter, por ejemplo, con su escaso por ciento de alcance logra influir en la opinión de aquellos que crean opinión. Es decir, los posicionamientos, las etiquetas que se convierten en tema del momento, las fotos, los enlaces, … en definitiva, la información que se genera y transmite logra incidir en personas con una relevancia social que hacen crecer el impacto al amplificarlo por otros medios de masas.
Políticos de primer nivel, periodistas, creadores culturales, artistas, gurús, estrellas, … acaban siendo permeados por los flujos de información que se crean y circulan en Twitter o en Facebook.
De ahí el éxito en la visibilización de asuntos tabú para la normal agenda de los medios de información al servicio de las grandes empresas. Desde huelgas laborales a acciones de pequeños colectivos, debates sobre propiedad, deuda o desahucios, campañas de solidaridad con Cuba o Venezuela frente a la mentira mediática, o la publicación de fotografías y/o vídeos de brutalidad policial frente a manifestaciones pacíficas, han visto la luz gracias al posicionamiento y difusión logrado por las redes sociales.
Es cierto, como señalan sus detractores, que las ciberacciones por si solas no cambian la realidad y que como señalaba antes hay muchos actores sociales que confunden la realidad con la virtualidad, pero si queremos hacer una análisis serio no podemos achacar a la herramienta los males que son propios de la sociedad o de los movimientos sociales.
Poco se podrá hacer si se agita y se consigue movilización pero ésta finalmente no es canalizada por organizaciones políticas o sindicales que busquen el cambio de las relaciones económicas desiguales que entroniza el capitalismo. Esta claro. Pero lo que no le pedimos a los libros o a los mítines por si solos no se lo podemos pedir a las redes sociales, que al fin y al cabo son solo instrumentos de transmisión.
Tampoco es conveniente sobredimensionar lo reducido de los 140 caracteres y englobar con ello todo lo demás. Sí, es cierto que desde las esferas del poder se pretende una desculturización a través de la simplificación del pensamiento, pero frente a ello no podemos olvidar que los hipervículos, es decir la posibilidad de enlazar vídeos, fotografías o lecturas de dimensión sin límite, son un aspecto intrínseco a la naturaleza del mundo cibernético y por lo tanto, estamos obligados a movernos en esa dirección.
Al igual que las armas de guerra usadas como elemento de defensa o liberación, lo que importa no es su naturaleza, sino el uso que les demos. Sí, la red tiene propiedad y está en manos del imperialismo y el capitalismo de consumo, y sí, trata de controlar, adoctrinar, encadenar, vigilar y conseguir beneficios, pero no podemos dejar ningún espacio sin batallar.
No podemos permitirnos estar ausentes de donde está la mayoría de la población para llevar nuestro mensaje de que otro mundo es posible. Si en el campo de la Defensa se enfrenta alta tecnología y poder de fuego con tácticas de descentralización, cesión de espacio, uso del tiempo, concentración de fuego y movilidad, en el espacio de la red deberemos buscar puntos flacos, aprovechar nuestras capacidades y dar la batalla. De otra manera, pero darla. En cualquiera de los escenarios disponibles.
Estamos hablando de una guerra de comunicación en la que ellos quieren crear opinión pero nosotros debemos de ganar ideas, que son al fin y al cabo, las que consiguen mover a las personas para transformar la realidad.
En esta guerra comunicativa no solo está presente la información y la difusión de ella, tambien debemos contemplar el uso formativo, o mejor deformativo de la industria cultural, el llamado entretenimiento.
Si las redes nos permiten posicionar debates, colocar noticias ocultas o romper la barrera de los grandes medios dando difusión a los medios antiimperialistas por medio de vídeos en red que logran romper la censura, como en el caso de RT, TeleSur o HispanTV, en el campo cultural digital estamos, no ya derrotados, sino ausentes.
La mayoría de las veces creemos que el secuestro de la información, por parte de las transnacionales y el poder financiero, son lo que determina y mantiene la hegemonía de éstos. Yo no pienso así. Creo que la mayor parte del control proviene de lo que en el mundo anglosajón se llama “entertainment”, el ocio o entretenimiento. La poderosa industria cultural estadounidense perfeccionada en el marco de la guerra fría y que junto con la carrera de armamentos acabó siendo determinante para derrotar al campo socialista.
En el ámbito digital, los videojuegos constituyen una de las armas más poderosas para la transmisión del pensamiento dominante que tienen disponible y que afectan a los más expuestos, los jovenes en periodo de formación personal.
La gigante industria de los videojuegos es tan grande e importante, que hoy mueve más dinero que el cine y la televisión juntas. Tanto por negocio, como por penetración, supone una poderoso medio creado para modelar y persuadir.
Si nos detenemos en la temática de los juegos populares, vemos que algunos se centran en el puro pasar el tiempo, los más en asumir diferentes roles (cantante, jugador de futbol, piloto, gangster, guerrero, habitante de mundos virtuales,… ), unos pocos en la inteligencia o la cultura y a partir de la llegada de los sensores de movimiento, también en la práctica de la gimnasia o el deporte virtual. Pero donde se pone más énfasis a nivel ideológico es en los videojuegos de pura acción bélica, sea táctica, estratégica o solamente de “moverse y disparar”.
Los armazones sobre las que se construyen estas superproducciones virtuales, son tan actuales que llegan a basarse en los supuestos estratégicos que maneja el Pentágono y que por alguna razón se deciden a difundir, supongo que para testar.
Se puede combatir con fuerzas especiales estadounidenses en un México desestabilizado por un “villano” que pretende soberanía, en una Cuba “democrática” contra la amenaza de una vuelta al socialismo, contra la reconstrucción de los soviets en naciones de la extinta URSS, en Líbano y Palestina contra sus resistencias, en Asia contra lo que vendría a ser la Organización de Cooperación de Shangai, en Venezuela contra el proyecto revolucionario o en un área no definida de Sudamérica contra la futura organización de defensa del ALBA.
No solo son supuestos tácticos conocidos, son supuestos estratégicos a futuro que se hacen con la intención de que los jóvenes de hoy vayan asumiendo quienes son los “malos” y quienes los “buenos”. Por supuesto los “malos” somos quienes queremos un mundo multipolar donde naciones soberanas puedan hacer uso de sus recursos y/o los que creemos en un justo reparto de la riqueza y los “buenos” son los que restauran el orden contra los “locos populistas dictadores” que pretenden acabar con la “democracia”.
Me queda fuera de toda duda que esas ideas permanecen en el subconsciente y que son semillas que germinarán en el marco de las guerras democratizadoras, con el abono de los grandes medios de información y el aderezo del barniz humanitario de sus oenegés.
Por eso me extraña que en el ámbito de las naciones que pelean por su soberanía y la verdadera independencia, como las que integran el ALBA, no exista un proyecto que asuma los videojuegos como parte del contraataque cultural. Al contrario que la resistencia libanesa que, con sus precarios medios, creó un juego donde se asumía el rol de guerrillero antisionista, no entiendo como los jóvenes de la América Latina emergente no pueden jugar a defender Girón, emular a Bolívar en su batalla por la independencia, combatir a Batista en Sierra Maestra, pilotar un Mig-23 contra los racistas de Pretoria en Cuito Cuanavale, participar en la insurrección popular sandinista contra Somoza, resistir la invasión gringa en Dominicana o alzarse junto a Tupac Amaru contra el colonialismo.
Que se deje en manos de los enemigos estas poderosas herramientas de ocio, formación y propaganda es una absoluta irresponsabilidad producto de un puritanismo forjado en base a miopes prejuicios morales.
Tanto en el terreno de la transmisión digital de información a través de las redes sociales como en la industria cultural del ocio digital se debe estar presente. No se trata de adorar o menoscabar. De lo que estamos hablando, es de usar todas las herramientas que nos ofrece el escenario en el que nos movemos, es decir, estar presentes con nuestra lucha en todos los ámbitos de la vida.
Nos va la vida en ello y me refiero a la vida real no a la virtual.

*Intervención en el II Taller Internacional: “las redes sociales y los medios alternativos, nuevos escenarios de la comunicación política en el ámbito digital”. La Habana, 11 al 13 febrero de 2013.
 Publicado en Cubadebate.

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