domingo, 30 de octubre de 2011

ELEGÍA A NÉSTOR KIRCHNER


Foto Tiempo Argentino



Néstor Kirchner concluyó de ser Néstor Kirchner para la sociedad la noche del 28 de junio de 2009. El día en que tras el fracaso electoral decidió huir para adelante envuelto en cierto coraje que no abunda en los ámbitos políticos. 
En esas horas que, en términos simbólicos, se plantó frente a la partida y dio batalla a diestra y siniestra, se convirtió para un importante sector de la sociedad en un valiente, al que no se lo podía dejar morir así como así en el medio de la noche de la derrota. En esos meses, el ex presidente se convirtió en un símbolo, sin dudas, ¿pero alcanzó la categoría hegeliana de “individuo histórico”?
Georg W. Hegel en sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal elabora un concepto interesante para reflexionar y pensar sobre la figura del ex presidente a un año de su muerte. El intelectual alemán sostiene que existe una categoría, un nexo, entre la razón universal que rige la historia y los intereses particulares y que ese es el rol que le toca a los diferentes pueblos en una línea de progreso hacia la libertad. Pero también asegura que esos pueblos cuentan a veces con lo que él llama “los individuos históricos”. Dice Hegel: “Los grandes hombres de la historia son los que se proponen fines particulares que contienen los substancial, la voluntad del espiritual universal. Este contenido es su verdadero poder y reside en el instinto universal inconsciente del hombre. Los grandes hombres se sienten interiormente impulsados, y ese instinto es el apoyo que tienen contra aquellos que emprenden el cumplimiento de tal fin en su interés. Los pueblos se reúnen en torno a la bandera de esos hombres que muestran y realizan los que su propio impulso inmanente.” ¿Fue Kirchner, entonces, un individuo histórico, un gran hombre de la historia argentina?
Hegel sostiene que el valor de los individuos históricos consiste en que “sean conformes al espíritu del pueblo, que sean representantes de ese espíritu”. En algún punto, después de la crisis de 2001, el ex presidente logró sintetizar los intereses, la cultura, los anhelos y las preocupaciones de los argentinos y también tuvo la posibilidad de actuar desde el Estado conforme a esos deseos e inquietudes. Logró convertirse en un representante de un importante sector de su pueblo. Pero lo interesante en su caso es que no lo hizo desde la oficialidad de lo establecido sino que se convirtió en un signo de la contracultura aun cuando formara parte y estuviera en el vértice del Estado. La construcción del “Nestornauta” como figura política que trasciende la vida y la muerte, como héroe que combate a los invasores –una creación de los sectores jóvenes de la política– demuestra claramente que a pesar de haber sido presidente de la Nación, a pesar de haber sido el hombre fuerte del peronismo mientras su esposa Cristina Fernández de Kirchner gobernaba el país, era visualizado por amplios sectores de la Argentina como un hombre contestatario, revulsivo, a contramano de los poderes reales que manejan la economía, la comunicación, el poder en el país. Pero no sólo desde una cuestión meramente política; también había una apuesta estética por su parte que rompía con los cánones de belleza heredados del neoliberalismo: flaco, alto, medio desgarbado, virola, de nariz ganchuda, que movía las manos espasmódicamente, que tenía defectos en la dicción. Y no es poca cosa. Porque en tiempos de la personalización de la política –un fenómeno mundial– la imagen de un líder dice mucho de su apuesta ideológica. También desde su imagen, Kirchner fue contracultural.
Hegel sostiene que los héroes son los que transforman lo dado, lo instituido, con el fin de cumplir con los objetivos de la Razón universal. “Los grandes individuos de la historia universal son los que aprehenden este contenido universal superior y hacen de él su fin; son los que realizan el fin conforme al concepto superior del espíritu… No hallan su fin y su misión en el sistema tranquilo y ordenado, en el curso consagrado de las cosas. Toman su justificación del espíritu subterráneo, que no ha llegado aún a la existencia actual y quiere surgir, del espíritu para quien el mundo presente es una cáscara… Los grandes hombres son clarividentes, saben los que es la verdad de su tiempo, de su mundo… Sus discursos y sus acciones son lo mejor que podía decirse y hacerse.”
Y Néstor Kirchner, de alguna manera, ha interpretado el espíritu de su tiempo y de su época. Lideró un proceso político signado por los deseos no imaginados de la mayoría de los argentinos. Diseñó un país con crecimiento sostenido, inclusión social, el Estado como árbitro, la inclusión del movimiento obrero organizado en la discusión del poder, la política de justicia respecto de las violaciones de los Derechos Humanos, el desendeudamiento, el orden fiscal, la independencia de criterio en política internacional, el fortalecimiento de los lazos regionales –no es casualidad que haya sido elegido como el primer “presidente” de Unasur–, y el regreso de la política como agonía y discusión fueron algunas de las buenas nuevas que puso Kirchner sobre la mesa en este nuevo siglo.
Sin embargo, la gran característica que representó su acción política fue su nacionalismo político. Kirchner puso a discutir los distintos discursos sobre la Nación. Cierta dignidad arrabalera, primaria, primitiva, si se quiere, campeaba en la forma en que el “flaco de traje gris abierto” se relacionaba en materia de relaciones exteriores y de negociación con los organismos de créditos y en la defensa del Estado contra el abuso de las empresas trasnacionales. Y esto obligó a redefinir culturalmente el mapa histórico y el debate público. Porque por primera vez desde la instauración democrática se volvieron a debatir –en el terreno teórico pero también en la práctica– la cuestión nacional y las identidades subyacentes. Volver a reflexionar sobre la argentinidad –incluso bajo el alumbramiento de un nuevo decisionismo político– obligó, también, a revisitar la historia y resignificar el pasado. Un legado del primer kirchnerismo es también el fortalecimiento de lo que se conoce como neorrevisionismo histórico. Y la misión particularísima de Néstor Kirchner en los años de 2003 a 2007 fue justamente recuperar la autoestima nacional, motor fundamental para la identidad de una nación.
Hegel sostiene que “quienes han tenido la fortuna de ser los apoderados o abogados de un fin que constituye una fase en la marcha progresiva del espíritu universal… no han sido lo que se dice comúnmente dichosos. Tampoco quisieron serlo, sino sólo cumplir su fin; y la consecución de su fin se ha realizado mediante su penoso trabajo… No es por tanto la dicha lo que eligen, sino el esfuerzo, la lucha, el trabajo por su fin. Cuando llegan a alcanzar su fin, no pasan al tranquilo goce, no son dichosos. Lo que son ha sido su obra. Esta su pasión ha constituido el ámbito de su naturaleza, todo su carácter. Alcanzado el fin, semejan cáscaras vacías, que caen al suelo. Quizás les ha resultado amargo el llevar a cabo su fin; y en el momento en que lo han conseguido, o han muerto jóvenes, como Alejandro Magno, o han sido asesinados, como César, o deportados, como Napoleón. Cabe preguntarse: ¿qué han logrado para sí? Lo que han logrado es su concepto, su fin, eso mismo que han realizado. Ni ganancia alguna ni tranquilo goce. Los hombres históricos no han sido lo que se llaman felices.”
La muerte prematura de Kirchner, la pasión devoradora con que llevó adelante su misión política recuerdan las palabras de Hegel. Ante su muerte al pie del cañón todas las acusaciones de la oposición respecto de las ambiciones personales quedan minimizadas. El simple hecho de saber que Néstor murió haciendo política despertó en una amplia mayoría la conciencia de que no se trataba de un dirigente más, que no buscaba su propia comodidad y enriquecimiento sino que su pasión estaba dirigida a cumplir una misión.
Néstor Kirchner será inolvidable para la gran mayoría de los argentinos, sin duda. Estableció las reglas de juego para el país de siglo XXI e inició el proceso de restablecimiento del Estado y de la política. El futuro le hará justicia. Fue, si se me permite jugar con la filosofía hegeliana, un individuo histórico, uno de esos “grandes hombres”. Pero ha tenido mala suerte. No le ocurrió como a Juan Domingo Perón, al que quienes lo sucedieron lo han hecho mejor. Néstor ha tenido un poco de mala suerte en ese sentido.



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