miércoles, 26 de julio de 2023

EVITA, PRESENTE

Por Roberto Marra

Los sentimientos apasionados suelen transformarse con el paso del tiempo. En ocasiones, dan un giro a las convicciones sostenidas otrora, para terminar en el lado opuesto de la realidad que impulsó la adhesión a determinadas ideas y a sus representantes más notables. Tal vez por haber cambiado de posición social, o por el olvido promovido desde el afuera mediático, pero el trasvestismo doctrinario suele verse con demasiada frecuencia. Entonces, vuelta más vehemente adversaria que los mismos que antes deploraba, esa persona abandona sus ideales, para retroceder hasta el infierno de la negación de su propia historia y la de quienes antes decía admirar.

Pero entonces, se aparece Evita en el recuerdo. Y la palabra “convicción” vuelve a su sentido original, se resignifica en las necesidades nunca satisfechas de tantos y tantas, se hace memoria redimida por la palabra solidaridad, se encarna como nunca en la esperanza de alcanzar la utopía de la Justicia Social. A veces, bastará sólo un frase de aquella casi mitológica mujer, para amurallar la desesperanza, para alumbrar amaneceres en la noche que parecía eterna, para revivir el alma perdida detrás de oropeles o de revanchas contra lo que nunca jamás sucedió.

Lamentablemente, poco y nada se la menciona, como no sea para manosear sus conceptos, para enlodar sus sentencias, o para reprimir las liberaciones auténticas de las cárceles de las mentiras. Pero la rescata la gente sencilla, la que la lleva adentro, a veces casi sin darse cuenta, como herencia incólume de sus ancestros de los tiempos en que aquella mujer de cuerpo débil y voz apabullante convencía a fuerza de trabajo y fe. Reaparece en viejas estampitas recobradas del olvido en los arcones de la esperanza perdida. Se da una vuelta por el destino para recordarnos que está allí, firme y enhiesta, siempre lista para acompañarnos en la aventura de hacer Patria, en la construcción de la Soberanía negada, en la vigencia de la imprescindible Independencia.

Hoy se la mencionará un poco más. Se le llevarán flores a sus estatuas, nunca en la cantidad merecida, jamás en la dimensión multitudinaria que requeriría. Se verán sus fotos en las redes, intentando traer de regreso su figura de estadista sin otro cargo que el de la voluntad transformadora. Se escucharán breves párrafos de sus discursos encendidos, pero no se alcanzará la grandeza totalizadora de su verdad gritada al viento del porvenir. Porque su voz necesita mucho más que simples reproducciones eventuales en efemérides mortuorias.

Ella debe ser parte de nuestros pensamientos permanentes, debe entreverarse entre nuestras neuronas caprichosas que algunos intentan desviar de sus enseñanzas y sus pasiones. Debe convertirse más que en una consigna desflecada de sentimientos, mucho más que en la base de discursos altisonantes, para ser la síntesis de toda nuestras esperanzas, el freno de todas las cobardías, la pared donde se destrocen todas las traiciones. Y trazar una línea infranqueable con el lado oscuro de las pasiones negacionistas, reconstruir la estructura de verdades indestructibles con las que ella amasó un futuro que no supimos concretar.

Ahora es tiempo de recobrar sus palabras, empujarlas al viento de la acción y someter a quienes inundan nuestra Nación con la fuerza de la unidad de los convencidos con sus ideas. Ahora es cuando su voz debe elevarse más que nunca, hasta destrozar los tímpanos de los traidores y expulsar del poder a los que siempre quieren destruir la posibilidad de ser libres. Entonces volveremos a ver su sonrisa tierna y su mirada firme, alumbrando el camino que nos señaló con su corazón revolucionario, el legado más importante de la mujer que sintetizó la bravura de un Pueblo que nunca podrá ser vencido, teniendo a Evita como bandera.

 

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