miércoles, 18 de enero de 2012

NO ES NÓ, PARA TODAS LAS CORPORACIONES




No sé qué calidades atesorará el tal (Nelson) Castro como médico, ni se me ocurriría poner mi cuerpo para comprobarlo; pero sí queda claro que, como periodista, apenas si en su caso hay lugar para dos posibilidades: o es muy malo como profesional, lo que, bueno, sería así nomás, sin que sufra por ello demasiadas culpas; o es simplemente un mentiroso.

Decía la semana pasada que los primeros días de este 2012 anunciaban un año de perplejidades. Y lo reitero, porque, más allá de los deseos propios y de las mejores expectativas a la hora de tomar nota acerca de los hechos sociales, políticos y culturales de mayor relevancia, ningún testigo directo, lector o televidente, sin que semejante enunciación pretenda dejar fuera a radioescuchas e internautas; ningún testigo, escribía, puede dejar de sorprenderse, de contemplar azorado, ciertas afirmaciones e insistencias, en muchos casos por mala intención y en otros por simple error, que pretenden ver y describir un país que, sencillamente, no es como dicen que es.

Recuerdo haber afirmado que los sometidos a la mugre de sus conciencias gorilas no supieron ni pudieron ocultar su frustración y tristeza porque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner finalmente no tuvo cáncer y se recupera en forma felizmente satisfactoria; pero debí reiterarlo aquí en tanto tan sólo desde ella, de esa mugre combinada con la permanente mala praxis profesional de los medios periodísticos hegemónicos, puede entenderse la descarada textualidad de un tal Nelson Castro, desde las páginas de Perfil.

No hace falta ser o haber sido médico para escribir lo que el tal Castro viene escribiendo; sólo basta ejercer con cierta prolijidad el oficio de reportero y apelar a una fuente especializada para interpretar y darle carácter de noticiabilidad a los párrafos de un parte o de un informe sobre diagnósticos, intervenciones y terapias. Pero lo que ni siquiera un buen principiante en este oficio de la información se animaría a hacer es, por ejemplo, afirmar que hubo “mucha gente” en el quirófano donde operan a una jefa de Estado; ni mucho menos que esa “gente” sin identificar luego le brinda detalles al reportero, ni que una profesional que firma un estudio patológico más tarde se confiese ante ese mismo fulano de prensa en un sentido contrario a lo que firmó.

No sé qué calidades atesorará el tal Castro como médico, ni se me ocurriría poner mi cuerpo para comprobarlo; pero sí queda claro que, como periodista, apenas si en su caso hay lugar para dos posibilidades: o es muy malo como profesional, lo que, bueno, sería así nomás, sin que sufra por ello demasiadas culpas; o es simplemente un mentiroso.

La mentira y las elucubraciones caprichosas son moneda corriente entre la corporación mediática, desde hace mucho tiempo. Las han convertido en método, y metódico es Clarín en ese sentido, para abordar una ley que siente en carne propia y por partida doble; primero porque la norma sancionada por el Congreso para democratizar la producción y la comercialización del insumo básico para la prensa escrita impresa golpea de lleno sobre la estructura de privilegios monopólicos que el grupo construyó, al amparo de los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura cívico-militar (Papel Prensa); y segundo porque el escenario abierto se transforma en una herramienta en sí misma desde el punto de vista de la ampliación democrática para el conjunto de la sociedad, objetivo que se encuentra en las antípodas de los propósitos corporativos.

En ese orden de cosas, la mentira Clarín de las últimas horas se expresó ayer en un artículo supuestamente informativo que dice: “Moreno controlará el registro de fabricantes, vendedores y compradores de papel para diarios.” Para el diario de Héctor Magnetto los efectos de una ley del Congreso y ajustada a la Constitución Nacional no es otra cosa que una facultad personal de un funcionario del Ejecutivo; con esa descalificación flagrante, el rotativo emblema de la corporación mediática tergiversa una vez más el sentido legal y político del principio de libertad de prensa, y a la vez apunta contra un paradigma de gestión pública que asume el compromiso del Estado como regulador y administrador de los bienes colectivos o de interés público.

Era mi idea original para esta semana recorrer algunos otros de los discursos corporativos, como por ejemplo, los de las patronales del agronegocio, cuyos dirigentes cada verano pareciera que le imploraran al cielo de todos, que no llueva o que precipite poco, cosa de poder presentarse en sociedad con aquella vieja aspiración de no pagar impuestos; y seguir enriqueciéndose con caras de impasibles distraídos, mientras conspiran con otra corporación, la de la mafia disfrazada de sindicalismo que conduce el “Momo” Venegas al frente de los trabajadores rurales. Muy bien aprendieron este y sus socios –los de la Mesa de Enlace, ¿se acuerdan?– de los abogados del Grupo Clarín, para pasarles lista a los jueces del amparo fácil y agresivo contra el Estado de Derecho.

También tenía previstos ciertos comentarios sobre las operaciones de prensa que vienen haciendo los sectores recientemente denunciados por el vicepresidente en ejercicio temporario, Amado Boudou, y el ministro Julio De Vido, como responsables de la cartelización de la energía, dato que muy bien cubrió ayer Tiempo Argentino.

Sin embargo, resultó necesario reservar espacio para ensayar algunas ideas provisorias sobre otros discursos que también suenan a corporativos; y me refiero al alto índice de inflación escrita y oral que parece registrarse desde el autodenominado campo intelectual.

Siempre enuncio desde dónde escribo, cuáles son mis recortes de agenda, fuentes y estilos, que son las herramientas que todo el periodismo utiliza para construir su intencionalidad o posicionamiento editorial; por eso, antes de avanzar en las ideas que expongo, dejo en claro que, ante la polémica que los “intelectuales” protagonizaron con intensidad durante los últimos días, me ubico claramente cerca de Carta Abierta, al que considero un espacio de debate y reflexión en apoyo a la experiencia cultural, social y política iniciada por Néstor Kirchner en mayo de 2003.

Sin embargo, han surgido signos, marcas y guiños que, considero, deben ser subrayados, sin entrar en consideraciones acerca de lo que es y no es un “intelectual”. Más allá de todo ello, se equivocan cuando se proclaman algo así como titulares principales del pensamiento crítico; que no son claros y erran al adjudicarse el carácter de creadores o responsables sabios del lenguaje y de los relatos colectivos; que por tanta preocupación ante el pasado y sus errores se tornan innecesariamente herméticos; y, lo que es más grave, aunque  en muchos casos en forma involuntaria, se constituyen en una especie de entorno con aspiraciones de participación política calificada, sin reparar que para la República, no para la academia o el canon específico de ciertas artes y saberes, la reflexión crítica de un “intelectual” tiene la misma importancia, el mismo peso y el mismo carácter de necesidad que la reflexión crítica de un plomero, de un astronauta o de un enderezador de bananas a la vera de un puerto imaginario.

Aburren, se exceden en demostraciones eruditas, y en cierta forma resultan obsoletos. Sobre todo, y reitero que en algunos casos en forma involuntaria, alimentan esa suerte de maldición por la cual aún sobrevive el concepto de que las sociedades democráticas necesitan de corporaciones. 

 

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