Por Roberto Marra
Cuando, desde la política, se habla de educación, generalmente se dedica casi todo el esfuerzo analítico y propositivo para generar herramientas para que exista la educación, para que se expanda, para que llegue a cada vez más individuos, a todos los niños y jóvenes. Se habla de aulas, edificios, pupitres, computadoras, talleres, cuadernos, libros, lápices y tantas otras cosas utilizadas en el proceso educativo. Se propugna, casi siempre, alcanzar a la totalidad de la población y a todas las provincias. Se mencionan presupuestos crecientes para que todo ese universo constructivo de paredes y muebles, de bibliotecas y pantallas, de mapas y libros, acabe (tal vez) con la discriminación y el abandono a su suerte de los “últimos orejones del tarro” de la distribución de la riqueza.
A lo largo de décadas, el predominio de la voluntad destructiva de la escuela pública de los gobiernos antipopulares ha sido evidente, implosionando, en cada oportunidad que han tenido de dominar el poder político, todo lo realizado por los gobiernos que intentaron generar la base de un sistema incluyente en el ámbito educativo.
Sin embargo, hay un tema que ha permanecido casi incólume a lo largo del tiempo, y es el de los programas educativos, el lúmen del sistema, la base de valores esenciales para la transmisión de conocimientos a las nuevas generaciones desde conceptos que les permitan capacitarse para entender la raíz de su nacionalidad, su pertenencia a una Patria, la posibilidad de comprender las razones de lo que sucedió a lo largo de la historia y lo que sucede ahora como resultado de todo ese proceso transcurrido.
El Poder Real, el dueño de las decisiones que han marcado y siguen marcando la vida de las generaciones de argentinos sometidos a su arbitrio, ha logrado, a pesar de los propósitos de los gobiernos que le han adversado con distintas graduaciones, mantener un “relato” educativo capaz de sellar la historia, de petrificarla en conceptos folletinescos, de anular la conciencia popular sobre sus verdaderas raíces, e incapacitarla para elaborar caminos para su redención y poder retomar el proceso liberador que comenzara hace más de doscientos años.
Las corporaciones económico-financieras han conquistado el “alma” del sistema educativo, la han apresado tras las rejas de la mentira organizada, empobreciendo el mapa del conocimiento hasta cegar a la población respecto de sus orígenes. Han colaborado, para ello, sus adláteres mediáticos, pero también la pereza intelectual (y, algunas veces, moral) de quienes se dicen auténticos representantes de los intereses populares.
Levantamanos sin escrúpulos, pero con bolsillos repletos, terminan legislando brutalidades educacionales para seguir maltratando a las víctimas del futuro, para regocijo de sus mandantes, los eternos explotadores de los beneficios de la mano de obra barata y embrutecida que le provee ese sistema que tanto “cuidan” para que la verdad histórica no estalle en los cerebros mal educados de los niños que intentan descubrir los por qué y los para qué de sus existencias.
No pueden seguir proponiéndose sólo mejoras edilicias, coberturas de internet, abastecimiento de servicios básicos u otras evidentes necesidades materiales. Hay que romper con la monotonía educativa, dar vuelta la “verdad mentirosa” que nos cuentan desde hace décadas, transformar la realidad impuesta desde los poderosos y, a sus pesares, construir otra educación, donde la palabra Patria recobre su sentido primario, donde se reconozcan las diferencias territoriales, pero se impulse la equidad del conocimiento para todos los habitantes, sin discriminación por lejanías a los centros de poder. Hay que abastecer de elementos esenciales, pero sólo si se acompañan con sentidos comunes derivados del reconocimiento de los orígenes de nuestra existencia como Nación, dando cabida a todos los conocimientos ancestrales al lado de las provenientes de otros lares.
Terminar con la educación apátrida y sometida al arbitrio de quienes nos dominan económicamente, es más que imprescindible. El coraje que habrá que demostrar para lograrlo, ya será el primer paso para la reconquista de los valores perdidos. El valor que semejante hecho significará en la cotidianeidad social, será la recompensa que los futuros ciudadanos habrán de agradecer, construyendo otra Argentina, donde la palabra Soberanía sea sentida de verdad por cada habitante y exaltada con el máximo requisito que la puede sostener en el tiempo: la Justicia Social.
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