Por Roberto Marra
Basado en el Artículo 22 de la (híbrida) Constitución Nacional existente (aquello de que “El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución...”), el sistema “democrático” que poseemos, ha derivado en realidad, hacia una limitación de los derechos que dice sostener. Se trata, simplemente, de un sistema donde los ciudadanos son convocados, cada determinado período de tiempo, para elegir sus representantes de entre una serie de opciones derivadas de las “ofertas” electorales de una serie de desgastados partidos políticos.
La participación termina siendo sólo una representación escénica de tal cosa, donde el protagonismo popular se limita a optar entre lo que se le ofrece mediante todo tipo de artilugios mediáticos, puestas en escena, fortunas aportadas para publicidades por los poderosos futuros beneficiarios de siempre, elevación a la categoría de “líderes” a aquellos personajes más extrovertidos o estrafalarios, y promesas derivadas de las necesidades que, la mayoría de las veces, los candidatos saben que nunca harán realidad.
La hipocresía reinando el escenario electoral, hace las delicias de los holgazanes cerebrales, delimita el conocimiento de los que intentan saber un poco más, atrasa el reloj de la historia liberadora y se engulle el plato caliente de la inocencia popular. Los poderosos gozan en todas las dimensiones y se relamen de las conquistas venideras, a sabiendas que cualquier ganador sucumbirá ante sus órdenes, aún cuando se resistan al principio. No es cinismo, es observación de la realidad histórica más reciente.
De esta falacia se sirven los dueños del verdadero poder, para legitimar el apoderamiento de los mayores beneficios de la actividad económica y financiera generada por la totalidad del Pueblo argentino. Con estos métodos de desinformación, malformación y embrutecimiento de las mayorías, los casi eternos actores de estas “representaciones” logran permanecer, profundizar y estructurar un futuro casi imposible de modificar.
Para darle más aire todavía a los dueños de todas las falacias, propietarios de todas las fortunas mal habidas y hacedores de todas las desgracias populares, está “de moda” ahora evitar las elecciones internas en los partidos políticos, instituciones ya demasiado devaluadas en la consideración ciudadana, por efecto de la traición a sus principios y el olvido de sus pasados honorables. Hablan de evitar “mayores gastos” por eludir estas imprescindibles muestras de eso que tanto ponderan (de palabra): “la democracia”.
Todo intento de auténtica democratización, es tildado de inmediato como búsqueda de desplazamiento de la conducción existente, o de generar luchas intestinas, o de deslealtades hacia los líderes. Cualquier movimiento militante que pretenda mostrar alternativas, será juzgado de inmediato como fuente de divisiones internas. La palabra “unidad” no se les despegará jamás de sus bocas, pero con la condición ineludible de ser sus conductores. Los sofismas son la carta de presentación de estos demócratas de patas cortas y bolsillos grandes, donde se esconden los verdaderos objetivos de sus representaciones.
La práctica prohibición constitucional al Pueblo a deliberar, es la piedra en el zapato de este sistema. Pretender ejercer representatividad sin la previa discusión popular real, auténtica y masiva, es el origen de los fracasos democráticos. Autenticar la representación sólo con el voto, es una escasa, pobrísima manifestación de la soberanía popular. Sostenerse como portavoces de quienes les fueron negadas sus propias voces para decidir que harán y que dirán sus representantes cuando lo sean, es una actitud hipócrita y falsificadora de la verdad democrática que debiera imperar en las instituciones del Estado.
Por todo esto, ha llegado el tiempo de una nueva Constitución. Porque es momento de cambiarlo todo, en razón de que si no se lo hace, nunca cambiará nada de verdad. Es imperioso, para terminar con todo lo que somete al Pueblo al escarnio de no ser. Y es ineludible que, cuando se la haga, sea el propio Pueblo quien la decida, la estudie, la elabore y la dictamine. Construir ese tiempo de renovación absoluta es un enorme desafío nacional, tan urgente como imprescindible, tan difícil como patriótico, tan democrático como corajudo. Sólo para valientes.


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