Por Roberto Marra
La denigración de la política como actividad humana destinada a la construcción de una sociedad mejor, ha sido uno de los mayores éxitos de los detentadores del Poder Real. A través de sus redes comunicacionales de todo tipo y para todo tiempo y lugar, han logrado establecer criterios mayoritarios adversos a esa ciencia social elemental para la vida colectiva. Paradojalmente, esos corruptores esenciales que son los propietarios de las grandes corporaciones económicas y financieras nacionales y transnacionales, sembraron de corrupciones reales al ámbito de la política institucional, estableciendo con ello, además, la “certeza” de la calidad de corrupta a cuanta persona se interese o actúe en tales actividades, aún cuando no exista duda alguna sobre la probidad de esos individuos a lo largo de sus vidas.
“Son todos iguales”, es la frase predilecta con la cual se catalogan a los activistas políticos de cualquier tipo u origen ideológico, salvo a aquellos que, desempeñándose institucionalmente en tales cuestiones, representen a los intereses de los poderosos de siempre. De asegurar las preeminencias de estos últimos en las consideraciones mayoritarias, se encargan los lacayos periodísticos del Poder, que inculcan los conceptos malsanos y falaces de corrupciones seguras de aquellos políticos que necesitan marginar de la adhesión popular.
A sabiendas de este proceder de la maquinaria mediática prebendaria, muchos integrantes de los sectores ideológicos más afines con los intereses y necesidades populares, terminan por esconder sus orígenes, o tergiversar sus doctrinas, tratando de no ser maltratados por esos medios, pero malversando la confianza de sus seguidores y propendiendo a ser considerados, legítimamente ahora, como “iguales a todos”.
Así es que, lentamente, han ido corriéndose los principios al costado de la ruta hacia una sociedad mejor. Así ha sido que la voluntad de cambios de importancias vitales, han derivado en simples enunciaciones sin visos de intención alguna para su concreción. Con lo cual, queda allanado el camino para que sean elegidos por las mayorías eventuales, los monigotes que los poderosos siempre tienen a su disposición para ocupar sus lugares, por descarte, jamás por convicción.
Toca rehacer la confianza, perdida por culpa de los cobardes y genuflexos, a aquellos que entiendan que el coraje es uno de los componentes básicos e imprescindibles para enfrentar de verdad al Poder Real. Tal cosa no puede surgir sólo por decisión de los individuos que pretendan hacerlo, sino por la necesaria participación protagónica mayoritaria de quienes han sido traicionados mil veces, menoscabados en sus capacidades decisorias, ninguneados en sus intenciones constructoras de poder popular.
Semejante acto de rebeldía hacia las instituciones partidarias o movimientísticas corrompidas por la intrusión de la cobardía como concepto básico en la conducción, puede ser el principio sustancial de la recuperación de “la política”. Una recuperación necesariamente sostenida y avalada por la parte de la sociedad que haya logrado retomar su esencia de Pueblo, para alterar el destino rapaz de los dueños del Poder, para avanzar con audacia hacia los sueños que nunca murieron, con la esperanza de la lucha como herramienta y las banderas monumentales heredadas de las generaciones que dejaron sus vidas por la Patria que, ya mismo, debemos comenzar a recuperar.





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