martes, 17 de febrero de 2026

DE LAS REDES A LAS CONTRA-REDES

Por Roberto Marra

Internet está manejada por empresas norteamericanas, que trabajan para el gobierno norteamericano y las corporaciones que dominan las finanzas, la economía y los gobiernos lacayos del Planeta, de las cuales han pasado a formar parte indivisible y fundamental. Todas las redes que se les ocurra y que se utilicen por aquí, tienen y defienden esos intereses.

Los algoritmos de los que se valen esas empresas para elaborar los perfiles de cada uno de quienes utilizan esas redes, son alimentados por las interacciones que los propios usuarios realicen en ellas.

La reproducción de imágenes, textos, nombres, opiniones, discursos, narraciones, se convierten, en base a la infinita reproducción que se les hace, en eso que ellos denominan “tendencias”.

Las tendencias, van fijando convencimientos en quienes las ven y oyen, hasta parecerles que se tratan de sus propias opiniones o pensamientos.

De esto se desprende que, reproducir las imágenes y las palabras de los personajes que se han apoderado del discurso público y de la agenda cotidiana, es una acción cómplice (voluntaria o nó) con esos enemigos políticos, sociales, económicos y culturales, por parte de quienes la lleven a cabo.

Entre las maneras de alejar a los individuos de los intereses que debieran ser sus prioridades, está la de la distracción premeditada, utlizando opiniones sobre hechos especialmente llamativos (aunque no determinantes para las soluciones de fondo demandadas por la sociedad) de personajes hacia los cuales se tenga asumida cierta simpatía, por la popularidad que posean y sus posiciones favorables a las necesidades mayoritarias y sus eventuales posibles soluciones.

La similitud de pareceres con esas expresiones, invita a quienes las siente como propias, a compartirlas, a reproducirlas en la mayor dimensión que les sea posible. Basta con esas acciones para evitar que se visualicen, se conozcan, se hable, se estudie o se compartan opiniones sobre las verdaderas razones de las dramas cotidianos, esas que podrían desarmar las confabulaciones del Poder Real y sus lacayos mediáticos.

Cientos de sirvientes del Poder están, acompañados por la ahora todopoderosa inteligencia artificial, permanentemente elaborando metodologías para evitar que pensemos en lo que necesitamos pensar, en impedir que hagamos lo que debiéramos si pudiésemos asumir totalmente el dominio de nuestras propias consciencias, ya penetradas por el fantasma de las ilusiones algorítmicas.

Somos cada vez más masa y menos sociedad. Sentimos cada vez más en base a los deseos invasores de la redes, que por los que nuestras neuronas pueden llegar a elaborar en sinapsis cada vez más controladas por nuestros enemigos.

Para “salvarse”, algunos prefieren dejar de ser lo que pretenden decirnos que son, para pasar a formar parte del ejército reclutador de inconscientes, de manera de asegurarse “masa crítica” para apoyos y votos que les den continuidad a sus maniqueas representaciones de pueblo que no son tales. También utilizarán las mismas redes para convencernos de sus bondades y superioridades, ofreciéndonos el repetido falso manjar de futuro que nunca conoceremos, a cambio de nuestra militancia honesta por las ideas que jamás podrían ellos representar.

La paja del Poder Real nos envuelve, nos penetra y nos tortura con pinchazos de consecuencias horrorosas para las mayorías populares. Cuando ya no nos necesiten, nos arrojarán al “fuego” del abandono total, hasta acabar con los pocos restos de consciencia que hayan sobrevivido, intentando desaparecer (palabra cautivante para esos trogloditas del horror popular) cualquier atisbo de rebelión contra sus dominios absolutos.

Habrá que inventarse un tiempo extra para combatir semejante inhumanidad premeditada. Habrá que comenzar por dejar de repetir lo que quieren que repitamos. Habrá que dejar de mostrar mil veces las caras, los gestos y los discursos de quienes nos quieren ovejas. Habrá que elaborar nuestras propias redes, o invadirles las suyas con reproducciones infinitas de nuestros pensamientos, de nuestras imágenes, de nuestras palabras, hasta aplastar, con el peso de nuestros algoritmos, al monstruo de la decadencia humana, al hacedor de todas nuestras desgracias, al destructor de todas las felicidades, al comprador de tantos miserables, al vendedor de todo el humo de unas redes que no debemos permitir que nos atrapen, nunca más.

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