Por Roberto Marra
Cruel
en el cartel
La propaganda manda cruel en el cartel
Y en el
fetiche de un afiche de papel
Se vende la ilusión
Se rifa el
corazón
De “Afiches”, de Homero Expósito
Los tiempos han cambiado. Lo blanco se ha convertido en negro, el aire se ha enrarecido, las palabras se han convertido en proyectiles de desprecio, los hechos se muestran tergiversados, el conocimiento ya no es la materia prima para la acción, las voluntades están encarceladas por las rejas mediáticas, los sentimientos se reducen a escombros de lógicas espurias, la hidalguía es un escaso vestigio de historias olvidadas, la razón está en el basurero donde las mayorías aceptan entregar sus destinos, mientras una bandada de horrendos personajes casi pre-históricos ejerce un poder omnímodo, avasallante, opresor y genocida de ideas y personas.
Lo horrendo se observa como bello, la falsía es aceptada con fervor, los padecimientos son mirados con desprecio hacia quienes los sufren. La naturaleza es alterada con pasión abrasadora, quemando su esencia, arrastrando el polvo residual hacia el abismo del desconocimiento. Los individuos son ahora sólo eso, simples unidades separadas unos de otros, eventuales amontonamientos de insensibilidades en recitales de inconsonantes griteríos, pasivos habitantes de territorios que desprecian, anclados al muelle del odio hacia su propio origen.
Nos venden los fetiches del horror en envases de cartón pintado con la sangre de miles de aplastados por la inhumanidad. Nos regalan muestras gratis de un futuro que nos venderán al peor precio jamás pagado, el de la muerte cotidiana despreciada por los compradores compulsivos de la bestialidad imperial. La muerte mirada con placer inmundo. La soledad de los que sufren el castigo de no ser necesarios para el sistema, observada con burlas groseras de los pretendidos incluídos en el festín de la brutalidad programada.
El asco de los perdedores se ha convertido en permanente, alimentando a las almas desalmadas de los brutos y sus líderes de ocasión. La tragedia se asimila como un grotesco de la historia nunca comprendida. Los videlas y masseras están de vuelta con sus rondas de vigilancias maniqueas, torturando de nuevo, pegando en las espaldas de los que aun trabajan, previniendo retobes y sublevaciones, anulando respuestas coherentes con tanta repugnancia concentrada.
La magia para todo este presente de horror, está en el algoritmo. Un algoritmo se define como un conjunto de operaciones que busca resolver un problema determinado a través de secuencias lógicas. Y sí que lo han resuelto los dueños del Poder Real. Los propietarios de todas nuestras costumbres, los hacedores de todas nuestras opiniones, los fabricantes de todos nuestros empeños, han sintetizado en esta metodología lógica, toda su ilógica inhumana.
Las matemáticas y sus derivaciones en la informática, puestas al servicio de la anulación de las voluntades de las personas, han establecido los criterios básicos para cada acto de cada individuo. Los sentidos más loables han desaparecido en medio de una maraña de redes desinformantes, pero profundamentes formativas de caracteres infames y degradantes de la condición humana. La verdad es ahora un manojo de palabras alteradas por las necesidades de los patrones de esta historia universal programada en lejanos escritorios, donde nada se les escapa y todo se convierte en beneficio para ellos.
La estupidez es tan contagiosa como el Covid, haciendo que hasta buenos comunicadores favorezcan el trabajo de quienes pretenden combatir con sus mensajes mediáticos. La repetición de los nombres, de las imágenes y de los discursos de los peores personajes de esta barbarie que padecemos, les viene como “anillo al dedo” a los poderosos. Les suman horas de difusión a las crueldades aceptadas por una mayoría silenciada a fuerza de tanto algoritmo pertinaz, a la que han convertida en enemiga de sí misma, base inigualable para la disolución social y la apatía generalizada.
Es imperioso dejar de replicar cuanto mensaje se publique en las redes. Es acuciante abandonar el papel de propaladores de hechos insustanciales promovidos desde el poder mediático hegemónico. Resulta urgente volver a las fuentes fidedignas de la realidad transmitida por sus auténticos protagonistas. Es perentorio el plazo disponible para semejante necesidad de lucha contra un enemigo que sabe como destruirnos desde adentro, con traidores que nunca faltan e imbéciles que siempre venden sus almas al diablo de los algoritmos imperiales.
Las palabras deben poder vencer a los ritmos de esta canción horrorosa que canta toda la humanidad, aniquilando el poder de sus maléficos autores, convirtiéndonos en artífices de otra música, la de la rebelión de las certezas históricas. Tenemos la obligación moral de construir una partitura renovada para ejecutar, con los viejos instrumentos de la solidaridad, la canción definitiva que impida comprar otra ilusión ofrecida en el obsceno afiche con el que se han intentado rifar todos los corazones.





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