lunes, 19 de enero de 2026

EL VATICANO, LULA, LA COMPLICIDAD Y LA COBARDÍA

Por Roberto Marra

El secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin, confirmó que trabajó para conseguir una solución “que evitara cualquier derramamiento de sangre en Venezuela, también un acuerdo con Maduro y otros representantes del gobierno, pero esto no fue posible”, antes de que fuera DETENIDO por Estados Unidos. El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, llamó a “superar las diferencias ideológicas” en el marco de la reciente intervención militar estadounidense para CAPTURAR a Nicolás Maduro.

La nota donde aparecen estas opiniones de dos figuras tan importantes, es de Página|12, cuyos redactores parecen querer colaborar aún más con la mentira imperial, al utilizar las palabras “detenido” y “capturar”, al referirse al SECUESTRO del presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. Una bajeza más de un periodismo tan obsecuente como cobarde.

Que el Vaticano trabaje a favor de los intereses imperiales, no puede sorprender a nadie. Hace cincuenta años, aquí mismo, en Argentina, sus delegados formaron parte del golpe genocida que terminó con la desaparición de 30.000 compatriotas, colaborando con sus mensajes sesgados con los procedimientos más atroces que aquella dictadura puso al servicio del fin de un gobierno de origen democrático, pero sobre todo, a la instauración del neoliberalismo que hasta hoy día continúa con sus consecuencias de pobreza y miseria en la población.

El lenguaje utilizado por Parolín, eximiría de mayores comentarios, pero se hacen imprescindibles. Cuando dice que intentó “un acuerdo con Maduro y otros representantes del gobierno, pero esto no fue posible”, está señalando al Presidente como el intransigente que no se allanó a su pedido. Y también está aceptando que él sabía que lo que EEUU estaba preparando se iba a llevar a cabo. Habla de “conseguir un salvoconducto para Maduro”, consintiendo el delirio imperial de poder sacar por la fuerza a un presidente legítimamente elegido por su pueblo. “Siempre apoyamos una solución pacífica”, es una frase que instala la existencia de un conflicto que no era tal, salvo por las acciones agresivas estadounidenses, a las que Venezuela nunca respondió promoviendo enconos, sino acercamientos diplomáticos.

Que “...la situación es muy precaria, la gente sufre”, contiene la lógica perversa de culpar a los agredidos de los actos aberrantes de los agresores, porque “la gente” sufre las consecuencias de sus misiles y sus balas asesinas, como sufrió y sufre el bloqueo criminal de la economía venezolana.

Es necesaria una democratización del país”, dice con desparpajo Parolín. Y repite Lula esta monserga falsificadora de la realidad, con su declaración de que “solo un proceso político incluyente liderado por los venezolanos llevará a un futuro democrático y sostenible”. Con lo cual, ambos nos aseguran que no hay democracia en Venezuela. Y que no es sostenible su futuro, porque no se actúa como a ellos les parece que esa tal “democracia” debe ser: una copia de la ordenada por el imperio contra de la voluntad de los pueblos que intentan liberarse de su yugo.

Es el mismo Lula que impidió la integración plena de Venezuela a los BRICS+, contra la voluntad de sus otros integrantes. Una gran colaboración con los intereses yanquis contra la economía venezolana, a la que le truncó una posibilidad de “aspirar a una agenda regional positiva que pueda superar las diferencias ideológicas en favor de resultados pragmáticos”. O a eso de “...atraer inversión..., fomentar el empleo de calidad, generar rentas y ampliar el comercio dentro de la región y con países de fuera”.

Parolín y Lula son piezas del tablero del ajedrez amañado implantado por EEUU en las entrañas de sus pensamientos. No se mueven ni con generosidad, ni con solidaridad al Pueblo venezolano, sino con voluntad de impedir cualquier intento de verdadera liberación de los pueblos. Cada uno con sus razones y sus estrategias, pero conducidas por la voluntad imperial de hacer de Nuestra América un conjunto de colonias amansadas.

La cobardía es muy mala consejera para los líderes populares, tanto como la falsía lo es para los representantes de una religión. Los achata, los congela, los atan a decisiones ajenas a los discursos que los llevaron a sus condiciones de conductores de proyectos populares o universales. Los resultados estallan, cuando el imperio al que les aceptaron sus “consejos” sobre “democracia”, decide terminar con ellos, porque ya no les resulta útiles. Y todo, por escupir para arriba.

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