martes, 7 de abril de 2026

DE LA VERDAD PERDIDA A LA VICTORIA DE LA REBELDÍA

Por Roberto Marra
 
La verdad está muerta desde hace tiempo. Su concepto ya no importa, porque se ha impuesto su reemplazo definitivo por un sistema de fantasías elaboradas desde los dominadores absolutos del aparato cognitivo mundial. Todo está a cargo de profetas del desprecio a la ética, profanadores permanentes del sentido de humanidad que otrora formaba parte indisoluble de los individuos. El arraigo de visiones espasmódicas de la realidad, la saturación con frases cortas con buscados sentidos efectistas, fascina a una población inerme frente al descalabro de su propia razón, que sobrevive como puede a su desamparo. El combo de mentiras periodísticas, imaginarios sensoriales y degradación moral de quienes se erigen como “representantes” en estas “democracias” subalternizadas al imperio, ha ido fabricando el “producto” más perfeccionado de este capitalismo financiarista: el individuo impersonal, el delirante sometido a los ladrones de los valores humanos más valiosos.

Ningún sector ideológico escapa a esta parafernalia de imbecilidades sostenidas desde la brutalidad, construida desde la des-educación formalizada en establecimientos que imparten sólo algunos pocos conocimientos sin cimentación alguna en la verdad histórica que jamás se cuenta. La demolición de los sentidos morales se perfecciona con la saturación de miedos transmitidos por un sistema de medios aceitado en sus perversiones maniqueas.
 
La inacción se ha vuelto virtud, la parálisis social se alaba desde los centros de poder y se nutre desde las pantallas del olvido. Somos cada vez más masa y menos sociedad. Se eleva la tasa de sometimiento de los más débiles y se alcanzan cifras obscenas de patrimonios de los más fuertes. La historia ha pasado a ser una nebulosa deformada de anécdotas mal contadas a propósito, para hacer perdurar la duda eterna sobre realidades que se pintan de negro, para recordarnos lo oscuro de nuestros destinos si nos atrevemos a desafiar sus sandeces establecidas como certezas absolutas.
 
Se trazan destinos almibarados por parte de buscadores de famas políticas que les permita acceder al comando de esta sociedad martirizada, para después aplicar viejas recetas que cambien algo para no cambiar nada. Se prometen grandilocuencias improbables para adornar un futuro que replicará las mismas taras antisociales, pero un poco más “cómodas” para ejercitar el saqueo. Se aseguran imposibilidades permanentes para dar pasos hacia algún atisbo de justicia social, aún cuando se la mencione infaltablemente en los discursos del convencimiento estéril. La soberanía no es más que una vieja palabra denostada por la realidad cotidiana, una antigua concepción del sentido de Patria que ha sido pisoteado por tantos malandras salteadores de nuestras conciencias. Avasallar es la forma que prefieren para someternos, pasando la “pala mecánica” de la bestialidad policíaca por sobre los sueños que algunos todavía se atreven a esgrimir como base de cambios prohibidos por los sometedores de siempre.
 
Todo parece inevitable y perdido. Todo se vislumbra imposible y oscuro. Pero la vieja semilla de la libertad no ha sido asesinada todavía. La bacteria que alimenta nuestros pensamientos más básicos de sobrevivencia, late todavía en los pobres corazones desvencijados por la desmemoria fabricada por el enemigo eterno de todos nuestras necesidades y deseos.
 
Imposible es la palabra preferida de los poderosos para las sociedades sometidas a sus arbitrios. Una palabra que debemos desterrar con los recuerdos de quienes sí se atrevieron, hace mucho tiempo, a enfrentar a los demonios de la mentira programada, a los destructores de todos nuestro sueños, a los personajes más siniestros de este horrendo conjuro del olvido, los dueños de todas las fortunas mal habidas, los propietarios de la fábrica de todas las desgracias, los genocidas de todos los pueblos del Mundo. Y los brutos constructores de las futuras rebeldías de sus víctimas, que rescatarán las viejas verdades para llevarlas de nuevo a la victoria.

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