Por Roberto Marra
Una base elemental para establecer criterios frente a la realidad política, económica y social, es analizar hasta comprender en profundidad, quien es quien en los hechos, cuales son los intereses que defiende cada uno, hacia dónde dirigen sus ataques cada sector en disputa, cómo se relacionan con las distintas franjas sociales involucradas, de dónde provienen los fondos pecuniarios que les permiten accionar. Y, sobre todo, escrudiñar las palabras utilizadas, para conocer exactamente para qué desarrollan sus actos y sus discursos en las circunstancias en que lo hacen.
Todo eso sería lógico, pero no es lo que se ve en la actualidad política. O, por lo menos, es lo que emana de las manifestaciones de los más visibles actores de este drama real, teatralizado por los peores comediantes posibles de cada bando. Lejos de contar con las plumas de grandes dramaturgos, estos amontonamientos de aspirantes a los Óscars del subdesarrollo, con pretendidadas capacidades dirigenciales, establecen criterios anómalos respectos a la realidad que dicen comprender como nadie.
Es esa la razón por la cual pasamos días, semanas o meses hablando de las corruptelas de fantoches de la dimensión de un Adorni, o de los desvaríos financiaristas de un Caputo, o las insanías de los hermanos presidentes. Ríos de tinta cotidiana, utilizados para embobar a millones de incautos que gozan con el displacer y anulan sus escasas capacidades cognitivas, ahora profundizada por el falso argentinismo mundialista. Decenas de supuestos analistas, abonando la idiotez con erráticas teorías de futuros que nunca contemplan cambio alguno, como no sea de las caras de los “actores” de este drama sin final aparente.
No queda sólo en los que acompañan esta degradación moral vendida como proceso político institucional “indispensable” para combatir la “corrupción populista”. También quienes se promocionan como adalidades nacionales y populares terminan jugando el juego del enemigo del Pueblo, que no parece serlo tanto de ellos. Reaparecen figurones de la traición permanente haciendo de portadores de sabidurías unitarias putrefactas, “ordenando” el espacio “opositor”, induciendo a aceptarlos como males menores ante la inmoralidad apabullante de los vendepatria en el poder.
Nos despertamos cada día con “nuevas” fantochadas periodísticas, inclusos de quienes menos sospechamos de cómplices del actual modelo destructor de la argentinidad. Todos parecen asociarse al devaneo sobre supuestos imposibles, sobre discursos vacíos de intenciones honestas, sobre brutalidades semánticas elevadas a la categoría de pensamientos. Nada queda sin explotar en el páginas cotidianas de la mediática pornográfica de la politiquería. Nadie se salva de leer, escuchar o ver lo asqueroso de los actos y las palabras que ofenden y aplastan la concepción misma del sentido de lo humano.
Por lo menos, desde quienes aún sentimos y pensamos, desde quienes todavía percibimos el sonido de la historia gritándonos con desesperación para evitarnos la enésima caída en el camino de la disolución nacional, tenemos que elaborar otros modos, elevar la calidad de lo que se opina, encarar un proceso de sanación cognitiva, alertar a nuestros sentidos de la banalidad que nos envuelve con sus cantos de sirenas.
Es imprescindible volver a fundar lo que tantas veces construimos, regresar a los cimientos de las ideas, aferrarnos más que nunca a la doctrina que nos ampare de tantos escarceos con los eternos enemigos de los pueblos. No habrá muchas oportunidades para hacerlo, no nos queda demasiado tiempo para comenzar, antes que el virus mortal e inapelable de la verborrea fatalista e inhumana de los imbéciles y los traidores nos aten para siempre al carro de la derrota final, donde los melones serán nuestras cabezas.





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