sábado, 13 de junio de 2026

ENEMIGOS INTERNOS

Por Roberto Marra

En política, la forma en que se comunican las ideas tienen mucha importancia. Las características de los discursos, las palabras elegidas, los tonos en que se las emite, la actitud que emerge de las poses o los gestos, poseen tanta relevancia como el pretendido mensaje que pareciera querer transmitirse. También están involucrados los contextos en los cuales se realizan, los lugares físicos elegidos para hacerlo, los interlocutores elegidos como válidos cuando se trata de entrevistas, los probables receptores de la alocución y los niveles de comprensión que ellos tengan sobre lo que se quiere expresar.

Atravesados por estos conceptos elementales a la hora de abordar un proceso de comunicación del pensamiento que se desee dar a conocer, están las peroratas de personajes ataviados de peronismo explícito. Miembros conocidos y encumbrados de las estructuras institucionales de tal Movimiento, reconocidos por sus verborreas fangosas, utilizan sus frontalidades internistas contra quienes necesitan eliminar de sus caminos de acceso a los pequeños poderes que los rescaten de la intrascendencia de sus palabras vacías de sinceridad, pero profusas en revoltijos ideológicos que anulan sus permanentes referencias a la doctrina que desconocen con sus actos.

Peor todavía, existen individuos relevantes por sus nombres, propios o heredados, que también prefieren manifestar, con evidentes sarcasmos, oposiciones solapadas, menciones sesgadas o frases descontextualizadas de quienes no aceptan que les hagan “sombras” a sus necesidades de dominación de la estructura política que pretenden acaparar para sí. Todo eso, en medio de un contexto de degradación social, miserabilización popular y destrucción del aparato productivo nacional sin precedentes.

Abajo, mucho más abajo de tanta palabrería incautadora de lo reflexivo, están los que esperan. Son los que siempre intentan comprender lo que sucede, pero que esos supuestos “dirigentes” de poltronas aseguradas les tergiversan o amañan, con el innoble objetivo de mantener sus preeminencias, o asegurar sus sucesiones infinitas. No se trata sólo de patanes corruptos. También se involucran en actitudes y discursos similares, algunos personajes muy trascendentes del sector ideológico referido. Por razones que sólo ellos podrán explicar (si es que alguna vez quieran hacerlo), intentan ponerles vallas al crecimiento de otras figuras de auténticas raigambres doctrinarias, de indudables repercusiones populares, de visibles trascendencias sociales.

Los enemigos del Pueblo, felices. Los dueños del Poder Real, exultantes. Los arribistas politiqueros, gozosos. El imperio, refregándose las manos ensangrentadas. La fórmula perfecta para la implosión de cualquier proyecto popular, el camino más llano para acabar con cualquier intento de remover las estructuras del statu quo. La historia repitiéndose como tragedia, una y otra vez, en base a la calamidad del egoísmo miserable, a la perfidia del olvido de los orígenes, el hundimiento en el horror del desbande ideológico. Y el futuro desvaneciéndose ante las miradas atónitas de millones de ninguneados por quienes se asumen como dueños de lo que traicionan cada día, el fruto del pensamiento de visionarios de otros tiempos, que ni siquiera parecen haber comprendido del todo. O, en realidad, en nada.

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