Por Roberto Marra
Hace mucho, mucho tiempo, en unas lejanas tierras del sur del Planeta, existió una extraña civilización. Era un pueblo que había sabido tener tiempos de felicidad y prosperidad, a estar por las señales encontradas en testimonios escritos y patentizadas en relatos de los habitantes de esas épocas, guardados en antiguos formatos llamados videos, usados por entonces muy profusamente. Incluso se encontraron largas charlas de un líder, que parece haber sido el de más predicamento por mediados del Siglo XX, donde exponía elaboraciones teóricas que demostraban los altos valores espirituales y morales con los que se guiaban sus actos de gobierno y sus propuestas para el futuro de aquella nación.
Sin embargo, parece ser que luego de su expulsión del gobierno que presidía el citado líder, se dió una larga repetición de períodos de gobernanzas donde, quienes habían ejercido siempre un poder en las sombras, tomaron de facto las riendas de esa nación, para hacerse de sus recursos naturales y beneficiarse de su explotación. Parecen haber sido individuos con muy pocos escrúpulos, porque se encontraron testimonios de sus ensañamientos con una amplia mayoría de la población, a la que le impedían, incluso, alimentarse, con tal de acumular más riquezas para ellos.
Si bien hubo lapsos de tiempos donde tales formas fueron evitadas, a través de gobiernos de carácter más favorecedores a las necesidades básicas de la población y al desarrollo de los principales medios de producción de aquellos tiempos, parece que nunca pudieron evitar el regreso permanente y cada vez más feroz de los propietarios del llamado “poder real”. De acuerdo a algunos libros (formas antiguas de comunicación donde se escribía en papel y se dejaba testimonio de los pensamientos), la razón fundamental por la cual jamás se logró allí consolidar una estructura nueva de poder, fue la falta de renovación de una de las bases del viejo sistema llamado “democracia”, que nunca se modificó a lo largo de los siglos.
Se trataba del denominado “poder judicial”, que regía las relaciones entre individuos y entre los distintos sectores sociales. Su acción nunca cambió a lo largo de la existencia de esa nación, e incluso muchos de su integrantes fueron designados en base a un criterio de “herencia familiar”. De allí que se hayan encontrado nombres y apellidos similares a lo largo de diversos períodos de gobernanza de esa institución jerárquica. Según se pudo determinar, sus mandatos no tenían límites, salvo la de la propia existencia de los individuos.
Tal era la magnitud de su poderío, que podían derogar leyes o restablecer otras que habían sido derogadas, sin importarles que fueron sancionadas por otra estructura de esa llamada “democracia”, el poder legislativo. Éste, a su vez, era de una precaria constitución representativa, donde sus integrantes solían olvidarse de los mandatos con los que había sido elegidos y desviar sus votos a favor de quienes les ofrecían beneficios personales con lo que, en aquellos tiempos, se denominaba “dinero”. A este proceder se le llamaba corrupción, que significaba algo así como el olvido de lo establecido por las leyes que regían sus procedimientos.
Se cuenta, sobre ese poder judicial, que su más alta institución, llamada “corte suprema de justicia”, era el ámbito donde mayores eran esos actos de corrupción, llegando a establecer delitos de las élites económicas y financieras como beneficios sociales, y beneficios sociales reales perseguidos como delitos. Se encontraron datos de un período donde, a pesar de que la cantidad de integrantes de esa “corte” debía ser de siete personas, sólo permanecieron tres, y por un largo tiempo. Y se asegura, según los datos encontrados en esos vetustos métodos de comunicación llamados “periódicos”, que fue durante esos tiempos de la “trilogía” cortesana que se desarrollaron las peores y más ilegales acciones antipopulares y regresivas para la existencia misma de aquella nación.
No se sabe bien cómo, pero esa civilización desapareció. Sin embargo, restos de evidencias como los nombrados, permiten inferir que no del todo, y que de sus cenizas renació otra, donde el fundamento de su existencia se basó en recordar todo el tiempo lo sucedido en la más antigua. Recordar se transformó en la pasión de ese nuevo pueblo, dispuesto a no repetir tantas falsas argumentaciones conducentes a inmovilizar su propio desarrollo. Y, según se pudo reconstruir, ese nuevo pueblo supo levantar una nueva estructura de poderes, donde ya no hubo, nunca más, una “corte suprema de justicia”.





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