Por Roberto Marra
La palabra “asombro” parece haber terminado su existencia. Ya no es posible utilizarla, porque nada de lo que suceda puede remitir a esa expresión. Los discursos, los relatos periodísticos, las narraciones sobre realidades inexistentes como si fueran certezas, son la moneda corriente con la que se pagan las credulidades. El tamaño de las mentiras ha sobrepasado el límite de la obscenidad. Los mentirosos se han adueñado de las palabras, las han secuestrado para no permitir la elaboración de criterios ni reflexiones de las consciencias. Los engañeros se han apostado al frente del edificio de la comprensión, para acabar con las convicciones y aplastar los convencimientos alternativos al del Poder Real y sus secuaces.

