El 27 de abril de 2003. A un año del "que se
vayan todos" se vota para elegir presidente en los comicios que más
tarde ungirían a Néstor Kirchner como triunfador. Pero, para ser
riguroso, entre el 24% de Carlos Menem (con Carlos Melconian y Francisco
de Narváez propuestos con antelación para ser sus ministros) y el 16%
de Ricardo López Murphy, un 40% de los electores se inclina por el
neoliberalismo.
Ese día yo era fiscal en una escuela de La Plata, cuando se acerca un
joven que, con gestos de molestia y un poco desorientado, buscaba la
mesa para sufragar por primera vez. "¿Querés votar?", le pregunté. A lo
que respondió casi ofuscado: "No 'quiero' votar, 'tengo' que votar. Si
fuera por mí, podrían irse todos a …"
No era casual la relación entre aquel apoyo que todavía tenía el
neoliberalismo y la incredulidad de los jóvenes. El desguace del Estado,
los despidos masivos, el alineamiento incondicional a los EE UU y el
indulto a los genocidas, necesitaba de la despolitización de la sociedad
en general, y de los jóvenes en particular. En la medida que se
agrandaba la brecha –hasta convertirse en un abismo– entre el sujeto
democrático que es el pueblo, y la política, el mayor instrumento con
que cuenta para hacer valer sus intereses frente a los poderes fácticos
permanentes, pudo llevarse a cabo el ajuste más colosal y siniestro de
la Argentina.
Desde que la dictadura estigmatizó y persiguió la militancia juvenil con
la intención de aniquilarla, y luego el menemismo la redujo al nivel de
la farándula, el saqueo de la Nación y la exclusión social se fueron
filtrando profundamente por las grietas que dejaban abiertas la
indiferencia por lo público, el individualismo y la resignación.
En estos días se discute un proyecto que otorga a los jóvenes de 16 años
y a los extranjeros que acrediten residencia y estén documentados, la
opción de votar. Más allá de la opinión de cada uno, de lo que no cabe
duda es que se inscribe en una agenda de inclusión, ampliación de
derechos, repolitización y ensanche del espacio democrático.
Confluyen aquí al menos dos planos de análisis. El primero, un cuadro de
época, en el que, por ejemplo, el cerebro de un niño almacena la misma
cantidad de información que manejaba Parménides, uno de los principales
sabios presocráticos. Con el trascurrir de la revolución tecnológica, y
el mayor flujo y velocidad de la comunicación, en los 16 años de una
joven o un joven de hoy han sucedido más cosas que en los 16 años de las
generaciones anteriores. Esto no significa traspolar automáticamente
esas nuevas habilidades tecnológicas al campo de la madurez plena (que,
por otra parte, nunca se alcanza), pero sí, al menos, coincidir en que
si esa joven o ese joven de 16 años decide involucrarse en asuntos
políticos, tenga el derecho de elegir a sus gobernantes.
El segundo plano tiene que ver con la revalorización de la política, y
de una épica marcada por valores como la Verdad, la Memoria y la
Justicia, la igualdad y la inclusión social, la denuncia de los
monopolios, el debate sobre el poder. Cuando en 2010 se multiplicaban
las tomas de colegios secundarios en la Ciudad de Buenos Aires por parte
de sus alumnos en reclamo de mejoras edilicias, no quería decir que
antes de eso esas falencias no existieran. Los techos ya se caían y la
calefacción ya faltaba desde mucho antes de las tomas. La diferencia
residió en la aparición de condiciones subjetivas favorables al
compromiso, la militancia y la movilización. Es inimaginable un clima de
movilización, una épica, para defender relaciones carnales con los EE
UU, las misiones del FMI, los retiros voluntarios a trabajadores
despedidos o el indulto a los genocidas. Pero sí se lo comprende en
defensa de la Unidad de América del Sur, la reapertura de fábricas y la
recuperación de puestos de trabajo y la condena de los genocidas, sean
estos militares o civiles.
En el caso de los miles de hermanos provenientes de países limítrofes,
también asistimos a una política migratoria amplia, que les reconoce su
merecido derecho a vivir en la más plena legalidad, a diferencia de los
años noventa, cuando el discurso oficial era que venían a sacarle el
trabajo a los argentinos.
Por eso, cuando desde la oposición se dice que el proyecto de marras
responde a una especulación electoralista del gobierno, se reitera, una
vez más, el error de la estrechez de mira. Por un lado, dan por sentado,
implícitamente, que los nuevos incorporados al padrón votarán por el
gobierno y no por ellos. Y además, en lugar de fijarse cómo podrían
hacer algo mejor que el gobierno en favor de los jóvenes y los
inmigrantes, para obtener su apoyo electoral, vuelven a oponerse y
forzar diferencias, a partir de una agenda únicamente negativa, que no
le sirve al país, ni tampoco les ha dado resultados a ellos mismos.
*Publicado en Tiempo Argentino
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