miércoles, 16 de mayo de 2018

ARGENTANIC

Imagen de "Interlazados"
Por Roberto Marra

Cuando el Titanic se estaba hundiendo, afloró con prístina claridad la división de clases que en el Mundo (no solo ese barco de pantagruélicas dimensiones) existía. Con la transparencia propia de una burla, habían sido ubicados en los niveles superiores los magnates y sus adláteres, mientras que, a medida que se descendía de piso, el nivel socio-económico también se reducía. Todo dispuesto para que, en caso de una tragedia, solo se salvaran los que importaban, los dueños de ese mundo donde los pobres solo tienen el destino de serlo para engordar las arcas de sus patrones.
Ni siquiera botes y salvavidas tenían dispuestos para los pasajeros de los “sótanos” navegantes. No hacían falta, porque sus destinos ya estaban escritos en el diseño mismo del supuesto portento ingenieril. Eran parte del circo, pero solo como espectadores arrinconados en la oscuridad de la negación de sus condiciones de humanos, reservada para los “mejores” y “más importantes” miembros de la “alta suciedad” (la “u” no es un error).
Nuestro País es el Titanic del momento. Construída con el sacrificio de millones de trabajadores a lo largo de dos siglos, terminó manejado por una runfla de maleantes trasvestidos como políticos “salvadores de la Patria”. Esta nave gigantesca ha sido chocada varias veces contra el mismo témpano, invisible para los ojos cegados por el engaño fácil de promesas ridículas de sus apropiadores.
Al igual que en el famoso transatlántico, se salvan siempre los mismos. Son los exclusivos dueños de los botes con que se vuelven a llevar sus fortunas mal habidas a las guaridas donde jamás entrarán sus esclavos modernos, simple masa inerme ante el hundimiento repetido de la nave que se prometió venturosa tantas veces. Como una religión sin demasiada fe, los pobres aceptan los mandatos de los estafadores, con la ilusión de parecerse a ellos y sorber un pequeño trago de sus fortunas sanguinolentas.
Como Newton lo estableció, todo cae por su propio peso. La ley de gravedad también provoca la caída de toda la carga de miserias acumuladas hacia el fondo ennegrecido del Pueblo avasallado. Las falsas ilusiones se hunden para darle paso a la sensatez y la reconstrucción de las ideas. Es la paradoja de la luz que emite la oscuridad en la que se sobrevive sin destino, para alumbrar la salida del ultraje a la realidad enmascarada.
¡A los botes!, gritarán los enfermos de codicia ilimitada cuando se acerque la hora del naufragio final. No sabremos si se referirán a los que les permitirán mantenerse a flote o los bonos con ese ridículo nombre que han inventado por estos días, pero intentarán salvarse para regresar cuando el Pueblo haya reconstruído el resultado de sus vandalismos recurrentes.
Ese será el momento de decidir si habremos de aceptar nuevamente embarcarlos en nuestra única Nave, la que nos ha costado la vida de generaciones de compatriotas en nombre de sus miserables designios engañosos. Tal vez sea la oportunidad de dar vuelta este barco del oprobio, otorgándoles el último de los sótanos, el más oscuro y recóndito, el que nada tenga, el que haga de sus vidas el más doloroso de los escarnios, para asegurarnos un futuro que merezca ser vivido.

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